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Actividades » Viajando

Recorriendo Italia al sur de Roma

Roberto Tozzini comparte su crónica de viajes al sur de Italia, describiendo los paisajes y los monumentos históricos destacados de numerosos destinos


"Con Florencia y Roma se completó un ciclo de absorción cultural y actualización histórica que casi sobrepasa nuestra capacidad de asimilar toda esa abrumadora riqueza artística  y el legado de los siglos que forjó nuestro ser occidental y cristiano. Llegaba ahora el tiempo de disfrutar de la hermosa geografía italiana. 

En cuatro oportunidades, ahora muy lejanas en el tiempo, con la libertad que nos proporcionaba autos de renta o el propio, pusimos proa al sur. Ello fue en 1960, 1971, 1983 y 1986. Sin duda, lo que describo ha sufrido múltiples transformaciones, pero las rocas, el paisaje, las casas blancas  y el mar azul, han estado y estarán allí."


Llegando a Nápoles, la ciudad de los fuertes contrastes

Empleando la primera autopista construida en el país de mis ancestros, en 1960, viajamos por la “autostrada del sole”, rumbo a Nápoles. Ruta, túneles y estaciones Motta para el descanso y el refrigerio, hasta que la pincelada azul del mar aparece a la distancia, con un aire liviano, festivo y la presencia de una ciudad multiforme, extendida, sucia, con ropa colgando de los balcones y gente vestida pobremente pero que se la veía alegre. A la distancia, enfrentando el caserío, en la envolvente bahía, surge una montaña rojiza como un cono truncado: es el Vesubio, viejo volcán que parece ser custodio del acceso marítimo de la gran ciudad. Hemos llegado a Nápoles, patria de iglesias milagrosas (la sangre de San Genaro), de los cielos luminosos, de la música en el aire, de la ropa colgada en los balcones, de los chicosen la calle y de los ladronzuelos veloces en desaparecer;  es decir, una gran ciudad con fuertes contrastes.

Callecita De Napoli



Bahía de Napoli y el volcán Vesubio a la distancia


Pero en esa ocasión, sólo nos detuvimos por la tarde y  la noche, ya que el objetivo era recorrer la costa amalfitana para pasar unos días en algún pueblito costero. Poco nos llevamos en ese entonces de la capital de la Italia del sur: sus bellas galerías, su gran ópera San Carlos, sus callejuelas empinadas y serpenteantes, la tibia luminosidad de su primavera y la dulzura de sus cancionetas. 

Recorriendo los barrios de Napoli



Nápoles en 1971: el Duomo y el centro antiguo

En el ´71, desembarcamos con nuestro auto en Nápoles y nos quedamos dos días, para la radicación del vehículo, en un gran hotel vecino al puerto. Visitamos el Duomo, del siglo XIV, donde se encuentra la capilla barroca que guarda el Tesoro de San Genaro, consistente en dos ampolletas con sangre del santo que deben licuarse dos veces por año, para que la ciudad no sufra calamidades. En el crucero derecho, se admira una bella Asunción de Perugino. La iglesia del Gesú Nuovo muestra un frente bellamente trabajado que da a la plaza de igual nombre, centrada por un impresionante monumento barroco sobre la Inmaculada. 

En la misma vía de Benedetto Croce, pudimos visitar un monasterio de piedras grises, de estilo gótico de la orden de monjas clarisas,  mandado a construir por Roberto el Sabio. El Claustro vale una visita. El centro antiguo nos mostró el Castel Nuovo, que recuerda al castillo de Angers, construido en el siglo XIII  por arquitectos franceses de Carlos I, con un gran Arco de Triunfo, se levanta en la vecindad.

Castel Nuovo y Arco de Triunfo, en cercanía al puerto


También recorrimos la Ópera San Carlos, con una decoración impresionante y lujosa, su acústica perfecta, sus seis plantas y su gran escenario, que la convierten en uno de los principales teatros de la ópera italiana; las grandes Galerías Umberto Primo con boutiques, joyerías y bares refinados; el Palazzo Reale con estatuas de los ocho soberanos principales del Reino de Nápoles y decoraciones barrocas, y el puerto de Santa Lucía, con el Castel dell´Ovo que domina la entrada al puerto.  Las vistas desde allí son espectaculares. También visitamos el valioso Museo Arqueológico con hermosas esculturas de Pompeya, Herculano y  subimos por callecitas estrechas que trepan la montaña.

Vista de la cúpula de las Galerías Umberto Primo desde la terraza del hotel de Napoli


Salimos en la mañana siguiente, y, a partir de Castellamare, la ruta se abrió al mar y circulamos pegados a la montaña en una estrecha cornisa suspendida cientos de metros sobre el nivel del agua. El panorama era extraordinario, la ruta  serpenteaba sobre paredones de roca y el cielo con el mediterráneo parecía confundirse en un interminable azul. La vista infundía alegría y vitalidad. Avanzamos sin temor, a pesar de las curvas peligrosas y de caminos tan angostos que el cruce de dos autos parece imposible. ¡La seguridad de los años jóvenes!  Pequeños poblados o ruinosos castillos se cobijaban en las cumbres como nidos gigantescos. Abajo, veleros o lanchones de pesca eran puntos blancos o amarillos que contrastaban con las tonalidades verde esmeralda a celeste oscuro del mar sobre la orilla. Percibimos tanta paz y disfrutamos de tal dicha con Martha que, necesitando cantar para expresar nuestra alegría, entonamos a viva voz melodías  de nuestra época, eufóricos ante el escenario prodigioso de la naturaleza.


Sorrento y las ruinas históricas de Pompeya y Herculano

Un par de horas de marcha, conteniendo el aliento por cuidadosas maniobras de cruzamiento con ocasionales vehículos y finalmente, el descenso a la costa para llegar a ese plácido pueblo de pescadores que, para aquel entonces, era Sorrento. Tomamos habitación en un hotel frente al mar y salimos a recorrer alrededores.

Atravesando las autopistas del sur de Italia


Allí estaba Pompeya, la ciudad romana abrasada por la lava y las cenizas del Vesubio. La recorrimos y vimos con impresión restos humanos y de animales perfectamente conservados y convertidos en estatuas de terror por su recubrimiento volcánico. Nos interesaron particularmente esas  casas de los patricios casi intactas ya que la población había perecido básicamente por sofocación. Allí quedaron los patios vacíos,  con ricos mosaicos, rodeados por habitaciones amplias, algunos cuadros y motivos ornamentales,  con cocinas y despensas que aún guardaban ciertos alimentos no perecederos. Las calles de la población estaban bien trazadas y adoquinadas, se veían  estatuas y monumentos que nos brindaban una idea clara de su avanzada organización en el momento de la catástrofe. Una cápsula del tiempo que nos retrotraía al siglo I de la era Cristiana, bajo el imperio de Roma.

Patio de una casa casi intacta en Pompeya


Retrato de mujer bien conservado en una casa de aristócratas en Pompeya.


Un comentario casi picaresco merecen los bustos de los personajes de esa sociedad, ya que por sus costumbres, inmortalizaron en bronce o mármol la cabeza y el rostro del sujeto digno del recuerdo,  pero también sus genitales, que asomaban a media altura del pedestal que lo sostenía. 

Muy cerca se encontraba Herculano, ciudad más pequeña, cuyos habitantes también sufrieron  la nube ardiente y el bombardeo, en ese día apocalíptico.  Los mismos horrores, iguales imágenes petrificadas. En el ´71, volvimos a recorrerla y el área a visitar se había agrandado considerablemente con la apertura de nuevas calles y casas para el público, exhibición de vida brutalmente interrumpida, de objetos de arte recuperados,  pero la misma esencia de una catástrofe que se abatiera sobre un vivir despreocupado. 


El mar azul de la Isla de Capri

Luego de medio día de recorrida arqueológica, la ciudad de los muertos quedó atrás y planeamos para el día siguiente un paseo en lancha a una de las gemas del mediterráneo: la isla de Capri, mientras desde la ventana del hotel, veíamos emocionados el incendio marino que el sol poniente parecía encender al hundirse con toda majestad en las aguas tersas de la bahía.

Vistas desde la costa de Capri



Hacia Capri


En la mañana, según lo propuesto, sentimos nuevamente el balanceo de una lancha, golpeando sus escasas olas. Otra vez el “mare nostrum” con sus azules profundos y sus tonos esmeraldas en vecindad de la costa. En la distancia,  vimos erguirse unas  rocas afiladas que surgen bronceadas y mohosas sobre las aguas: eran los “faragioni”, que montan guardia hace siglos en la entrada de la isla, y, por detrás, se encuentra  el peñasco extenso en que asienta Capri.

I "faragioni"


Desembarcamos en el puerto de Marina Grande, al norte de la isla, con un perfil de casas blancas que se recortaban sobre el alto acantilado. Desde allí, nos trasladaron a la piazza Umberto I, bella placita céntrica, rodeada de flores, que en la actualidad está unida con el puerto con un funicular. Las calles que rodean a la placita estaban pobladas con turistas que deambulaban en tiendas  con recuerdos, bares y joyerías. También abundaban  en los alrededores los lugares escarpados y con vegetación salvaje, propios para el retiro y meditación. Distintos Belvedéres permiten apreciar vistas estupendas de ese mar sembrado de rocas  que excava en las costas grutas memorables.

El mar azul de la costa de Capri


Cerca, se apreciaba la Cartuja de San Giácomo y los Jardines de Augusto, donde además de los hermosos panoramas, guarda en una de sus salas, estatuas romanas halladas en la Gruta Azul. Desde allí un camino desciende a otro puerto menor, Marina Piccola. 

Luego de este apretado recorrido por Capri, tomamos en Umberto I una camioneta que nos lleva a la otra población de la isla: Anacapri, trepando por caminos de montaña, entre setos de flores, jardines palaciegos y grandes casonas. Una de ellas, edificada como un bello balcón hacia el mar era la casa de Axel Münte, el filósofo y escritor, que pasó allí una parte de su vida, con una vista desde la colina que suspende el aliento. 

Vistas desde Anacapri


Recorrimos la agradable población de Anacapri, también llena de negocios con artesanías locales y ventas de perfume del lugar. Sin duda, el turismo es la base de la economía y la simpatía proverbial de los isleños, estimula el ya innato deseo de comprar (especialmente en las mujeres).

Finalmente regresamos al puerto para cumplir con casi un rito de los que visitan la isla: el paseo por la Gruta Azul, de romántica fama. Con botes a remo, ingresamos en la hosca concavidad que el agua ha labrado en los acantilados de la costa y de improviso damos con un espacio calmo, una caverna, donde por reflejo del agua, todo es uniformemente azul, junto a caprichosas figuras que las olas han esculpido sobre la piedra. Otra perla de la naturaleza que no puedo olvidar, pese a que no volví a visitarla.

La Gruta Azul



Los pueblos de la costa amalfitana

Nuestra incursión en el ´71 fue mucho más breve, reeditando el maravilloso viaje por cornisas hasta Salerno y parando unos días nuevamente en Vietri sul Mare. Desde allí las excursiones a las montañas, verdaderas atalayas sobre el mar, nos dejaron el recuerdo luminoso de esta geografía que no tiene igual. En 1983, tras una estancia en Roma, aprovechamos 5 días libres para tomar un hotel en Minori y en 1986 llegamos hasta Salerno volviendo de la Sicilia.

El Golfo de Salerno desde Vietri Sul Mare


El atardecer en Vietri Sul Mare


Unos pocos días más de lasitud en esos bellos parajes y continuamos el recorrido por esa maravillosa península que separa los golfos de Nápoles y de Salerno y en cuyo vértice, precisamente, está Sorrento. Nuevamente el camino tallado en  la montaña. Los pueblos se sucedían en los descensos de la ruta, ya que en su mayoría presentan diminutas playas de límpidas aguas, casi escondidas en las irregularidades de la sierra que en forma abrupta se precipita al mar.  En uno de esos pueblitos costeros, Minori, pasamos en el ´83 unos días de playa sobre piedras, recordando el disparo de un cañón que marcaba el momento justo del mediodía.

Las edificaciones del pueblo de Minori



Día de playa en Minori




Los paisajes y la historia de Positano y Amalfi

Una joya de singular valía en este rosario de pueblitos es Positano, con su turismo refinado de acento inglés que visitamos durante nuestra estancia en Minore. Sus casas blancas casi cúbicas  descienden hacia el mar envueltas en una vegetación frondosa, formando terrazas entre hoteles de 5 estrellas y restaurantes afamados que atienden a una clientela selecta y con gran poder económico. Es un bello pueblito de desarrollo vertical, un lugar de ensueño que requiere de una billetera bien provista.
Saliendo desde Vietri Sul Mare, manejando en las cornisas de la muralla montañosa, con curvas, ascenso y descensos y miradores donde parar como el Capo d´Orso, conocimos Amalfi, que se mostró como una sonrisa abierta al Mediterráneo, con sus habitantes alegres y su fabulosa catedral de San Andrea y la imponente escalinata de ingreso. 

El epicentro de Amalfi


Amalfi fue  por el siglo X  un poderoso eslabón en el comercio con el Cercano Oriente y Constantinopla, llegando a rivalizar con la Venecia Ducal. De esa época es la joya arquitectónica del Duomo di San Andrea, cuya fachada refulge con una pintura al oro y motivos geométricos con reminiscencia oriental. Su gran puerta de bronce del ingreso procede de Constantinopla y el Campanario, de construcción posterior, se levanta a la izquierda, recubierto con hermosas mayólicas.  El interior de la iglesia condecía  con su atractivo exterior y en el Claustro del Paraíso se mostraba un bello decorado  de estilo árabe. Bajo el altar, se guardaban los restos del apóstol Andrés.  En los alrededores proliferaban los comercios  con un marco de casitas blancas que parecían trepar por el murallón de roca, en un ambiente tibio y frente a un mar profundamente azul. Fue una visita única  pero el recuerdo de Amalfi dura toda la vida.

Fachada del Duomo Di San Andrea en Amalfi


Duomo Di San Andrea en Amalfi




Ravello: casonas y villas de lujo

Otro lugar imperdible, cerca de Amalfi, es Ravello, una refinada población colgada del cielo. Ravello está sobre la montaña en medio de una vegetación excepcional, pletórica  en flores vistosas, calles aisladas, tranquilas,  con casonas y villas deslumbrantes, asomada al mar unos 300 metros arriba, que ha atraído por siglos a músicos, filósofos escritores y artistas de todo tipo a disfrutar este paraíso. Por villas como Rufolo, de emblemática elegancia y vistas espectaculares, pasaron Graham Green, Richard Wagner, D H Laurence, Miró y varios Papas- Afortunadamente esta zona está hoy abierta al turismo y puede disfrutarse.

Vista de la costa amalfitana



La reconstruida ciudad de Salerno y el legado histórico de Paestum
Volviendo a nuestro viaje del ´60, más cornisas y después de Sorrento, llegamos a una ciudad importante, Salerno, reconstruida casi totalmente luego de la masiva destrucción que le ocasionó la guerra: ciudad-puerto, bulliciosa, alegre, de amplios parques y jardines, recostada sobre las sierras que rodean el golfo.

Salerno desde el mar


Mercado de Salerno


Una plétora de Vespas y autos pequeños producían, en ese tiempo  lejano, un desorden mayúsculo en el tránsito, como para recordarnos las mismas  costumbres,   que tenemos en nuestra tierra natal. Allí descubrimos,  en Vietri sul Mare, pequeña población pegada al norte de la ciudad, un agradable hotel que, embutido en la roca, desarrollaba sus seis pisos desde el nivel de la ruta hasta llegar en  su planta baja a una  playa exclusiva. Las habitaciones eran elegantes y la vista magnífica. El buen recuerdo nos movió, años después a regresar algunas veces  al Lloyd Bahia de Vietri sul Mare.

Piscina del Lloyd Bahia Hotel de Vietri Sul Mare


Durante nuestra primera estadía en Salerno, recorrimos con el auto una zona situada al sur que representa una verdadera isla de la civilización griega que precedió a la romana. Se la conoce como Paestum, la vieja Poseidón que fundaran en estas tierras los dóricos sibaritas en los siglos V y IV antes de Cristo. Integrante de lo que se conoció como “Magna Grecia”, se asentaba en una zona que se volvió pantanosa y presa del paludismo hasta los tiempos de Mussolini. Él fue quien terminó por erradicar los pantanos y el mosquito trasmisor de la “malaria”. En Paestum sobreviven, con un alto grado de conservación, la muralla periférica, la basílica, el templo a Neptuno (que es el mejor conservado) y el de Atenea. Junto a esculturas, ánforas y pinturas, que se exhiben en el Museo adjunto, estos objetos y ruinas constituyen un documento explícito de la presencia y pujanza esa civilización en el sur de Italia. 

Templo de Neptuno


Vista frontal del templo de Neptuno


El Bañista, pintura del museo de Paestum




El mar Adriático

Cruzando el mar Adriático rumbo a Brindisi


Luego de un descanso por tres días bajo el sol de mayo en las arenas y aguas tibias del golfo de Salerno, continuamos con nuestro itinerario, regresando al norte, ahora en dirección del Adriático. Sólo  años después, en 1986, completamos nuestro conocimiento de la zona incluyendo una parte de Sicilia. Por ese entonces, regresamos en barco, cruzando el Adriático luego de una inolvidable estadía en Komeno Bay de Corfú (Kerkrira para los Helenos).  Estábamos en pleno mundial de fútbol y, en una gran pantalla del hotel, habíamos presenciado el triunfo argentino sobre los ingleses, quienes eran mayoría en ese lugar, acompañado con dos goles históricos de Maradona. 

Desembarcados en Bríndisi, continuamos con la rutina de alquilar un auto y comenzamos una bella travesía por autopistas recién inauguradas de la Apulia y Calabria que cruzaban valles, horadaban sierras y volaban en puentes mientras un rosario de nombres conocidos desde nuestra infancia, desfilaban en los carteles de la ruta. Taranto, Matera, Trebisacce, Cosenza, Catanzaro, Reggio. Todo un día atravesando  esa Italia pobre, árida, amable y de inocultable belleza. 

Se apuraba la tarde cuando llegamos al estrecho de Mesina en la pequeña población de San Juan Bautista. A la espera del ferry que nos trasladara, bebimos un refrescante jugo de naranja local, con la característica de su color rojo fuerte, como el de tomate, por las condiciones del suelo. Luego del rápido transbordo, atravesamos Mesina con la escasa atracción de una ciudad portuaria y doblando por las nuevas autopistas, pusimos rumbo al sur, hacia Taormina. 

Estrecho de Mesina en San Juan Bautista


Cerca ya del verano, los cielos permanecían claros cuando, después de las 20 horas, llegamos a destino: a los pies de una cadena montañosa, orillando el mar turquesa, se extendía con languidez, Mazzaró. En un punto de los acantilados costeros se veía emerger el único piso de nuestro hotel, ya que los otros 5 y un túnel que cavaba en la roca nos llevaba a una cala exclusiva de cantos rodados. Desde nuestro balcón en el segundo piso, la vista de la bahía era bellísima, tanto de día como en la noche, donde un rosario de luces delineaba la costa que se estiraba hacia Giarre.

Costa de Mazzaró


Hacia abajo había un parque de cactus y una piscina que vertía sus aguas claras al mar. Bastante más abajo, se abría la playita mencionada. En los cinco días de permanencia, todas las tardes, luego de una merienda en bares de la costa, hacíamos rugir el motor de nuestro auto para trepar el murallón pétreo que nos enfrentaba y que en su cúspide desarrollaba una población exquisita: Taormina. 

Parque de cactus


Piscina a la vera del mar


Túnel a la playa en la montaña



El mar turquesa y las vistas de Taormina

Casi 400 metros de vertical entre casonas palaciegas, jardines tropicales y un derroche de flores y arribábamos a la plataforma superior; ¡llegábamos a Taormina! La población en sí rebosaba de turistas como se corresponde con uno de lugares de mayor atracción de toda Sicilia. Flores y plantas cubren los balcones que dan a las calles; palmeras, naranjos y enredaderas se alinean en las piazzas y callecitas y múltiples cafés, bares y negocios abarrotan la plaza central llamada  9 de Abril, o la calle principal, Umberto Primo.

Panorámica desde Taormina


Terraza del hotel, en la mitad del camino de la vida


Caminamos a su parte más alta, llegando al lugar más famoso de la ciudad: su teatro griego. Construido en el siglo III a C con sus clásicas gradas de piedra superpuestas en herradura y una vista soñada: el mar jónico con su azul profundo de aguas mansas y el Etna, el volcán más alto y activo de Europa continental, como un gran cono de cobre que eleva sus 3000 metros tierra adentro casi mirando hacia Catania. Sentados en las gradas, vimos un cartel que anunciaba una ópera de Verdi, con Pavarotti, para la próxima semana. ¡Qué ganas de cambiar nuestro itinerario y permanecer allí hasta el evento!  

Anfiteatro romano de Taormina


En otra de estas excursiones vespertinas, visitamos un monasterio que funcionaba como albergue de lujo. Se podía recorrer los preciosos jardines y disfrutar de las vistas 300 metros abajo, donde se acumulaban pequeñas embarcaciones alrededor de Isola Bella. 

Vista desde el Parque del Monasterio, Taormina


Isola Bella



El Mundial de 1986: Argentina ganadora

Terminada nuestra estancia, volvimos al continente y otra vez en Vietri sul Mare vivimos una experiencia inolvidable. Toda la población estaba eufórica y en las casas flameaban banderas ocurriendo al atardecer un derroche de fuegos artificiales y bengalas que cruzaban el firmamento. ¿Qué acababa de ocurrir? Pues que Argentina había obtenido el campeonato mundial de fútbol y el héroe se llamaba Maradona, ídolo del Napoli y por ende del pueblo meridional de Italia. Esa noche, en el restaurante,  los parroquianos se abrazaban y al descubrir que éramos argentinos, nos preguntaban sobre él, su infancia, su familia creyendo que todos los nacionales lo conocíamos personalmente ¡cosas que sólo se dan en el fútbol!

El Palacio Real de Caserta
Otro día, a poco de salir de Vietri y en cumplimiento de nuestro itinerario, pasamos por Caserta, donde visitamos un inmenso palacio construido por Carlos III de Borbón, alejado unos 20 km de la insegura Nápoli y designado hoy como patrimonio cultural de la Humanidad. El Palacio Real de Caserta data del 1700 y es el más grande edificado en Italia, de estilo rococó y dimensiones colosales. Es un gran rectángulo de 250 metros de frente por 190 m. de fondo con 4 patios interiores y una espectacular escalera central que lleva a los aposentos reales, decorados con múltiples ornamentos.

Ingresando por el camino del Palacio de Caserta


Las habitaciones son incontables (tiene más de 1500 ventanas), lujosamente decoradas, su mobiliario conservado, destacándose una que en su momento ocupó Napoleón. Hacia atrás, se despliega un jardín renombrado por su belleza y enormes dimensiones, con una fuente muy bonita en la  cascada principal, y luego se continúa como canal  de kilómetros de longitud que baja hasta el Palacio. Increíbles recuerdos de un pasado opulento.

La cascada principal del Palacio de Caserta



La abadía de Montecasino

Terminado el recorrido, continuamos la ruta hasta divisar, horas después, la entrada a un elevado monte que se interponía en nuestro camino al norte, pero que figuraba para nosotros como lugar de visita: la abadía de Montecasino. Subimos trabajosamente con el FIAT  la empinada cuesta para llegar la abadía recientemente reconstruida sobre la misma cúspide, que había sido destruida totalmente durante el bombardeo aliado en la guerra del ´40. La nueva abadía era un edificio espacioso, con una vista magnífica pero con muchos de sus tesoros artísticos acumulados durante siglos, desaparecidos para siempre. 

Abadía de Montecassino


La historia de la Abadía es particularmente rica en hechos que valen la pena recordarlos. Fue fundada por San Benito en el siglo VI, en la cumbre de un peñasco de 520 metros de altura,  sobre las ruinas de un templo griego y está situada unos 130 km al sur de Roma. Fue el primer convento benedictino, que estableció las reglas de autosuficiencias para todos los demás conventos que poblaron Europa. Fue vandalizado y destruido muchas veces, por los godos, los lombardos, Napoleón y finalmente pulverizado por bombardeos en la Segunda Guerra Mundial. Finalmente ha sido reconstruido  como Monumento Nacional. Entre otros famosos, estudió aquí Tomás de Aquino, y el cuerpo de San Benito, en una de las invasiones, fue ocultado por los monjes para estar en la actualidad sepultado en una población del Loire, cercano a Orleans. Cuadros de gran valor, de Da Vinci, Rafael, Perugino y archivos irremplazables, también fueron trasladados antes de su destrucción al Vaticano. Escasos tesoros continúan en la antigua Abadía.

Finalizando nuestra estadía en Italia al sur de Roma

Los kilómetros corrían con lentitud, ya que, por entonces, las rutas rodeaban las montañas, no las atravesaban, los ríos se cruzaban por los puentes de siempre, no muy numerosos por cierto, y los pueblitos y ciudades se intercalaban en el camino como estaciones obligadas, en vez de ser evitados por las autopistas. Otra forma de viajar y de saborear la tierra, tomar contacto con la gente y la idiosincrasia del lugar en vez de pasar raudo como en viaje aéreo; cuando la monstruosa infraestructura turística no había llegado a su apogeo.




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