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Enfermos Famosos: Sarah Bernhardt

Vida y enfermedad de Sarah Bernhardt (1844-1923)

No debió a la casualidad Sarah Bernhardt el gran estilo romántico de morir en escena que la hizo famosa. En realidad, su experiencia en el trance era grande. Cuando tenía tres años de edad, su madre Judith, cocotte divorciada de 19 años, por irse a viajar la dejó al cuidado de una mujer en el campo. Ahí cayó de cabeza en un tonel de leche hirviente. De milagro no murió. Por obra de una máscara de barro que tuvo encima varias semanas no conservó ni la menor cicatriz...

Henriette Rosine Bernhardt, nacida en 1844, fue hija de un estudiante a quién vio unas cuantas veces y de una mujer licenciosa que la hizo experimentar el mundo como un ámbito vacío cuya solidez la futura actriz sólo acertaría a poner a prueba con una manía de plenitud paranoica, un afán de excesos que le valieron el mote de “la escandalosa".

Sobreviviente del tonel de leche fatídico, a los cinco años estaba encargada con otra fregona que la hacía vivir en un cuarto sin ventanas. Un día, en la demencia total, la niña escapó saltando sobre una barda para fracturarse un brazo y la rótula izquierda. Quedó tendida a los pies de una dama que de pronto no logró reconocerla, tal era su estado de suciedad. La dama era su tía Rosine que iba por ella. 
Muchos dulces y mimos al lado de la tía y los primos mitigaron un tanto el ánimo aterrorizado de la niña, cuya madre apenas aparecía cada tanto para dejarle dinero y regañarla porque no sabía leer ni escribir. No fue extraño, pues, que se iniciara un proceso nervioso muy agudo por falta de afecto que culminaba en aparatosas crisis de ira que le significaban altas fiebres y media semana de cama.

Pero Judith, la cocotte, parecía derivar a la hija el desamor que le inspiraba el estudiante, de quien Sarah sabía solamente que estaba de viaje pero que habría de regresar para no separarse jamás de su lado. Mientras tanto, pasaba de una pensión a otra, y aún estuvo a cargo de una tía majadera a quien resistía no probando bocado, por lo que tuvo desde niña la delgadez alarmante que la haría singular en sus años de actriz.

La última vez que vio a su padre fue a los seis años de edad. En compañía de la madre, él la dejó en el convento de Grand Champs, donde pasó siete años conformando una personalidad desquiciada, pero al mismo tiempo base de intensas cualidades sensibles.

Perdida en un mundo donde nada podía sentir como suyo, durante los primeros años del convento padecía los estruendosos accesos de ira que hacían huir a las monjas, convencidas de que su alma estaba en poder del demonio. Rebelde para alimentarse en su inclinación destructiva, halló sin embargo la complicidad de una compañera llamada Dolores, que se comía sus alimentos para devolverle el plato limpio y evitarle problemas.

En castigo a su actitud negativa se le encerraba los días enteros en una estancia donde no tenía otra compañía que un óleo de la Virgen María. Ensimismada, extraviada en el más obtuso resentimiento, hizo falta la paciente obstinación de una monja joven, la madre Santa Sofía, para rescatarla a la vida más o menos normal. 
Asegurada en el sostén afectivo de la monja, comenzó a progresar, aunque con notoria lentitud, en las tareas escolares. Anhelante de amor, se empeñaba en cuidar como hijos a una colección de alimañas que guardaba en una caja de cartón en su ropero: grillos, lagartijas, arañas. . . Y un día que en clase de botánica le preguntaron cuáles flores prefería para hacer un estudio, respondió con un grito entusiasta: "¡Todas!"

De la obligada y frecuente compañía de la Virgen María sacó la niña atormentada una convicción: que no existía amor más que en el cielo. Mística perdida repetía en todo momento que no sería sino monja. Pero en contrapartida apreciaba más que nadie el valor de las relaciones humanas, como quedó demostrado a sus 10 años de edad, cuando fue la única entre las alumnas en lanzarse a un estanque para rescatar a una compañerita de cuatro años que estaba a punto de ahogarse.

Otra crisis delirante derivó de aquel trance, ya que el remojón le trajo un fuerte resfriado en cuyas fiebres no hizo sino hablar con santos y vírgenes. Pero en la dispersión de sus emociones tuvo un gran estímulo cuando se habló de poner una pieza teatral. La intuición le decía que ese era su mundo… Pero no le dieron papel.

Su amiga Louise Bouget recibió el papel estelar del arcángel Rafael, que al final de la obra ascendía entre las nubes. Pero la decepción no superó el fervor que le despertaba el teatro. Más interesada que la misma amiga por el personaje, le ayudó a memorizarlo. Todo en vano, pues la niña Bouget era dura de sesos, además de que no vibraba ante el ejercicio de la representación. Fue así que las monjas tuvieron que prescindir de la amiga y darle a Sarah el papel que sabía al dedillo.

El aprecio de la gente traducido en aplausos operó consecuencias paradójicas. No le hizo sentir que se le apreciaba en el mundo, sino que por ir al cielo recibía el amor que marchitaba su herido egoísmo. Más que nunca decidió que sería monja. Y la convicción se acrecentó cuando el arzobispo, invitado a la función, decidió bautizarla al día siguiente al enterarse de que no había recibido antes ese sacramento. ¡Milagro terapéutico! La misma actriz confesaría su perplejidad en su autobiografía Mi doble vida (1907), ya que a partir del bautizo se retiraron las crisis de ira. . .

Razonaba que ya tenía un lugar en el mundo: era el cielo. Allá se le aplaudía, se le daba el amor que le negaba la gente.

Perseguida por un sino adverso en cuanto hacía contacto con su indiferente madre, Sarah estuvo a punto de morir en una de las contadas ocasiones en que Judith la sacó del convento. De vacaciones en el mar, pescó una pleuresía que la tuvo 23 días en cama oyendo a los médicos que discurrían sobre el día que habría de morir.

Para entonces tenía una hermana menor que merecía la más amorosa atención de su madre. "Sabes bien que después de tu hermana eres lo que más quiero en la vida" fue una frase que, para dolor de la niña, Judith repetiría muchas veces, ya que no le ocultaba el parco cariño que hacia ella sentía.

Irregular escolar, llegó a la adolescencia y no pudo continuar más en el convento por lo que se fue a vivir con su madre a París. Judith tenía excelentes relaciones en las aristócratas esferas donde vendía sus creaciones de alta costura. Pero dado que sus primos eran brillantes ejecutantes de piano, a Sarah se le adjudicó cierta vocación por el instrumento en el entendido de que así se distraería en tanto encontraba marido. Y aunque aprendía bien el piano, fingía lo contrario. La oposición a la madre era todo en su vida.

En la atmósfera frívola que rodeaba a su madre, la quinceañera taciturna desentonaba del todo repitiendo con hosca obstinación la idea de ser monja. El padre había muerto dejándole dinero en cuya posesión entraría al contraer matrimonio, pero rechazaba los menores avances verbales de la madre cuando le trataba el tema del casorio, pues para risa de todos decía que únicamente habría de casarse con Dios.

No por frívolos poco observadores, los asiduos a la casa de la distinguida modista no tardaron en descubrir la fina percepción de Sarah. Si bien las damas coincidían en que debía atenderse la necesidad de amor que la torturaba, fue el duque de Monry (medio hermano del emperador Napoleón III) quien hizo prevalecer el criterio de que debía dedicarse al arte. Y sobre todo al canto, pues su voz -la voz de oro que haría fama en el mundo- le significaría grandes ventajas al actuar en los teatros.

"¡Pero yo no quiero actuar en los teatros!" aullaba la histérica, terca en rechazar todo gesto benévolo.

Quiso que no, tuvo que dar su brazo a torcer. Pero descargaba el rencor a la familia encerrándose a estudiar en todo momento. Con loca entrega tomó parte en un concurso del conservatorio de música de París, donde no le faltaba la protección del grandioso Gioachino Rossini, amigo de Judith. Pero al no obtener sino el segundo lugar hizo una demostración de intensa tragedia en que no le faltó decir que su único recurso era acabar con su vida. . .

Pero no obstante los nervios, la naturaleza la conformaba como una hermosa mujer. Alta, de muy largos brazos y desesperantemente delgada, lucía una expresión sensible en el rostro de tez olivácea en que además resaltaban los ojos profundos que daban contrastante carácter al perfil que definía la nariz sobresaliente, judía.

Y aunque rechazó el matrimonio por conveniencia social no dejaban de gustarle los hombres. Muy joven aún, casó casi por distracción con un joven del que se deshizo muy pronto cuando las alabanzas de cuantos la rodeaban empezaron a convencerla de que su lugar era el teatro. Y al igual que las jóvenes de su círculo, siguiendo el ejemplo de la madre, no tardó en contar con un protector de altos vuelos: el conde Karatry.

El escandaloso comportamiento que habría de caracterizarla a ojos del público se hizo manifiesto desde sus primeros pasos en el ambiente teatral. Contaba 19 años de edad en 1863 cuando, al acompañarla la hermana menor a un teatro tropezó ésta con un telón, lo que encendió la cólera de una matrona encargada que reprendió fuertemente a la chica. Mala cosa para la gorda mujer, ya que Sarah reaccionó con violencia. Le descargó una inusitada serie de bofetadas dejando de paso a todos plantados cuando la esperaban para probarla en un modesto papel.

No quedó el hecho para el olvido, ya que la prensa, que en aquellos años iniciaba la explotación del amarillismo, consignó la desigual gresca llamándola pequeña chiflada. El incidente significó para Sarah el descrédito en el ambiente en que intentaba brillar. Desesperada y furiosa, decidió abandonar cuanto pudiera ofrecerle París y marchó a España sin objetivo preciso.

Sus amistades se alzaron de hombros conociendo su tajante carácter. Pero pronto debieron echar mano al bolsillo, pues en tierra española Sarah Bernhardt casi se muere de hambre. Regresó como pudo, pero el pleito con la tosca matrona le costó tres años de ausencia en los foros.

Transcurrió entonces en una etapa de vida ligera. Su hijo Mauricio nació en 1864, que su protector, el príncipe Ligne, se vio en la incapacidad de reconocer. Vivía rodeada de una parvada de amigas de alocadas costumbres. Sin dinero, perdida la brújula según todo hacía suponer, transitó bajo la protección de personajes adinerados como el industrial Robert de Brimont, el marqués de Caux, el banquero Jacques Stern y otros de no menos potente chequera.

A los veinte años, sin parar jamás con su madre que la inculpaba de desordenarlo todo en su casa en unos cuantos minutos de visita, vivió oscuramente pero sin resignarse al fracaso. Alguna notoriedad le dieron ciertas actuaciones recitando couplets por su timbre extraordinario. Pero en el teatro se le ponían reparos por su extremada flacura, pues la moda la hacían las beldades rotundas.

En el fondo del pozo, la bondad de extraños intervino en su auxilio. Tenía la tía Rosine un alegre amante llamado Camilo Doucet, caballero de no despreciables influencias en el medio de actores. Fue él quien convenció a la empresa del teatro Odeón para que le dieran contrato. Advertida de que se le hacía el favor a condición de que no organizara más estropicios, halló Sarah en aquella oportunidad el madero salvador que la rescataba en medio del inminente naufragio. 

Pero la suerte no era siempre su amiga. Quiso la adversidad que la encargada del vestuario en Fedra, de Racine, la obra que marcaría posteriormente su gran éxito, la vistiera con unos estrambóticos listones que en su delgadez de fiambre la hicieron lucir como un adefesio. La prensa no dejó de advertir al monstruo ostentoso, por lo que el empresario no tardó en hablar de rescindirle el contrato.

Pero el tío postizo insistió. Se le ocurrió ofrecer al empresario la integridad del sueldo que la joven cobraba en el teatro, de manera que contando con una actriz gratuita no le faltaron papeles. Y así, con lentitud pero en firmes bases, afianzada por la notable calidad de su voz, no únicamente empezó a gustar a la crítica sino que su expresión romántica marcó el nacimiento de nuevas preferencias por la belleza femenina. No era todavía una figura consagrada cuando ya los estudiantes la hacían su ídolo y la acompañaban en sus paseos en el jardín de Luxemburgo.

¡París tenía un nuevo personaje original! Nacía una moda distinta. Las gordas del teatro dejaban el paso al tipo de mujer exquisita, "interesante", de refinado erotismo. Y ya para 1870 Sarah Bernhardt era toda una personalidad conocida. Al producirse la invasión prusiana, ella instaló un hospital de sangre en el teatro Odeón, donde dirigió a un grupo de actrices, mujeres del pueblo y amigas para dar atención a los soldados heridos. La admiración de los jóvenes fue secundada por todo el país.

En ocasión de estrenar su Ruy Blas, Víctor Hugo pensaba en otra actriz para el papel principal. Tras leer la obra, Sacah decidió que nadie mejor que ella podría interpretarlo. Fue a tocar la puerta del célebre hombre, a quien cautivó para contarlo a partir de entonces como uno de sus más incondicionales admiradores, al grado de que se daba el lujo de dejarlo plantado.

Pero el triunfo también le trajo la malevolencia de muchos. Las envidiosas pagaban panfletos en que se le insultaba llamándola "pobre esqueleto" a la vez que se hacía escarnio de su "horrible nariz judía". Y en su sensible naturaleza los aires hostiles no dejaban de tener consecuencias. No cumplidos aún los 30 años, Sarah Bernhardt era ya una neurótica en toda la línea. Además de un permanente decaimiento que se esforzaba por superar de todas las formas posibles, padecía cierta irritación de garganta que la hacía escupir sangre y en momentos de histeria temer que estaba tísica.

No tuvo una verdadera amistad sino en una vecina de su madre, madame Gerard. En su casa hacía lucir una enorme placa con una palabra grabada: Nada. Huía al campo para establecer su equilibrio, pues en París la ahogaban los chismes. Aunque es un hecho que no todos los rumores que sobre ella corrían eran falsos, pues se le supo ligada a personajes tan relevantes como el mismísimo emperador Napoleón III, que a los 69 años hacía honores a las más bellas mujeres. También cultivó la amistad de George Sand, escritora de cuyas piezas teatrales fue intérprete.

Excesiva por temperamento y convencimiento, ostentaba su lema personal en una frase: "Hay gente moral y otros que viven en los extremos, yo soy de éstos".

Su ritmo de vida era intensísimo. Montaba a las ocho de la mañana, a partir de las diez se consagraba a la escultura hasta la hora de ir a la mesa, en la tarde recibía a sus admiradores, actuaba en la noche y salía después a participar, no sin desenfreno, en la agitada vida nocturna del París explosivo de los años 70.

Contratada por la Comedia Francesa, encontró la suprema satisfacción del amor en Mounet Sully, alto actor por quien quedó deslumbrada durante un ensayo de Andrómaca. Fue a decirle que le parecía muy hermoso, a lo que él respondió que había actuado con ella en el Odeón sin que se dignara mirarlo. Pero a partir de entonces su unión fue duradera y fecunda, ya que fue su compañero en escena y en todas las giras que realizó por más de tres décadas.

Pero la intensidad de la lucha le cobraba un alto precio en términos de salud inestable y emotividad delirante. La sangre que brotaba de la garganta irritada la hizo pensar en una muerte inmediata. Fue de este modo que se negó a dormir en su cama y se compró un ataúd. Forrado de satín, pasaba las noches en él para asumir la experiencia de la muerte cuya obsesión no la abandonaba un momento. Se hizo retratar en el ataúd con un ramillete de flores en las manos como un cadáver perfecto. Y no pocas veces anunció a sus allegados que "esa noche" moriría de verdad en el foro. . . ¡Pero la volvía a la vida el aplauso del público!

En la cumbre del éxito, un estudiante se dio muerte frente a su casa. El célebre escultor Augusto Rodin declaraba en términos despectivos sobre las esculturas de Sarah, lo que no evitaba que ella las vendiera en el triple de lo que cobraba Rodin. La prensa seguía paso a paso su vida, ya que el público arrebataba los diarios para saber de su última hazaña.

Una de las más notables fue su ascenso en un globo aerostático que en 1878 fue fabricado especialmente para ella. En él, Doña Sol, acompañada por dos expertos pilotos, se elevó sobre una enloquecida multitud para descender el bosque de Ferrieres. Los diarios consignaron el hecho con titulares enormes, aunque al lado se leía un boletín de la Comedia Francesa suspendiéndola por violar el contrato en la cláusula que le prohibía salir de París.

En respuesta, ella decidió abandonar la Comedia Francesa. Y ante el escándalo que motivó tan brutal decisión debió intervenir el ministro de Bellas Artes. Ruido enorme que hizo que en pocos días se agotara el libro que Sarah escribió sobre su experiencia en el globo. 
Pero con todo y su condición primerísima en París, la atmósfera adversa la ahogaba. Quería "ver cielos más altos". Aprovechó en cuanto pudo la ocasión de viajar y partió a Londres en gira. Pero allá también la acosaba la prensa. Como se le ocurriera comprar un loro, un leopardo amaestrado y un mono al que llamaba Darwin, se publicó en la capital inglesa que se le expulsaba del hotel donde dejaba sueltas sus fieras, además de que daba un horrible espectáculo tirando esgrima con traje de clown.

Hizo ocho giras a Estados Unidos. Su admirador Oscar Wilde la despidió alguna vez en el barco. Después, por casi tres años, viajó de un extremo a otro del mundo: de Australia a Sudamérica. Tenía un pullman propio con lugar para cuatro criados y dos cocineras.

Según el historiador Luis Reyes de la Maza (Cíen años de teatro en México, edición de la UNAM) los cinco pesos que había cobrado días antes una compañía italiana de canto, malogró su actuación en México, donde la Bernhardt se presentó siempre con éxito pero con teatros llenos a medias. Durante esta gira tuvo un accidente al saltar en el último acto de La Tosca. Era el año de 1905. Una mala atención médica, que además ella alteraba con constantes caprichos, llegó a producirle gangrena, por lo que en 1915 hubo necesidad de amputarle una pierna.

Muy postrada, no dejaba de actuar. Intervino en muchas representaciones cuando podía aparecer sentada. También actuó con una prótesis. Hallaba alivio a sus nervios en la escultura y la pintura, pero sobre todo en la lejanía de París. Le animaba dejar la ciudad, al grado de que muy enferma aún tomó parte en giras por varios países de Europa.

Durante el ensayo de una obra en que era dirigida por Sacha Guitry tuvo un serio colapso, pero aún halló fuerzas para interesarse en una proposición de Hollywood, que le ofreció una película. La visionaria, que quedó inconclusa, fue rodada totalmente en su casa.

Siempre enérgica en cuanto al trabajo, no pudo sin embargo superar las consecuencias de la edad avanzada y falleció no en el foro ni en su ataúd sino en su lecho, rodeada de admiradores, en marzo de 1923, a escasos meses de llegar a las ocho décadas de vida.

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