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Actividades » Médicos

Mi amigo Luis Bentolila

Una historia de vida en la medicina que merece ser recordada

Extracto del libro "Porque se fueron: Testimonios de argentinos en el exterior" Odile Barón de Supervielle / Editorial Emece 1995 / 5/11/93, Washington, Estados Unidos

El 27 de enero de 1993 el Dr. Luis Bentolila se estaba preparando para irse de vacaciones a Santo Domingo cuando, de repente comenzó a sentirse muy mal. "Decidí autoauscultarme porque pensé que si tenía algo, era mejor descubrirlo antes de partir a la playa", nos explicó. "Comencé a tocarme hasta que de pronto descubrí que tenía un ganglio inflamado. Inmediatamente me saqué una radiografía de tórax. Vi que había nódulos. Lo llamé a mi socio y le pedí que me examinara. Hicimos un "catscan" y confirmamos mi diagnóstico: cáncer en el ganglio linfático y en el pulmón. Al día siguiente me operaron. Había presión sobre el hígado. Tuvieron que hacer un trasplante vascular... Es duro de aceptar. Uno vive pensando que es inmortal, si no, no podríamos vivir. Todos consideramos que la muerte es parte de la vida, pero nunca pensamos que en algún momento nos va a tocar a nosotros. El cáncer que tengo me ha colocado frente a la muerte. Es un tumor muy predecible. La quimioterapia no sirve. Estoy haciendo inmunoterapia, pero..."

El Dr. Luis Bentolila sabía exactamente cómo sería la evolución y cuál sería el desenlace final. Era demasiado buen médico como para ignorar que el cáncer que tenía era fatal. El 26 de marzo de 1994, casi 10 meses después de nuestro encuentro, la noticia nos llegó por un fax distribuido por la Embajada Argentina en Washington entre los miembros de la comunidad argentina- El fax decía:

”E1 Dr. Bentolila falleció el 24 de marzo de 1994, a las 4.45 PM” Recien habia cumplido 50 años

Ahora, sólo nos quedó su voz en el grabador, mezclada con las nuestras, diciéndonos:

Lo que más lamento de mi vida es que nada fue planeado. Todo se fue encadenando. Primero murió mi padre. Luego mi madre decidió venirse a Estados Unidos. Se casó. Y finalmente me vine yo. ¿Qué hubiera pasado si, en primer lugar, mi padre no hubiera muerto o si mi madre, en vez de venir a Estados Unidos se hubiera ido a Francia? No sé, pero yo en ningún momento planeé venir a hacer carrera a Estados Unidos. Me vine en 1967 porque quería perfeccionarme y porque aquí estaba mi madre.

Si uno hace la cuenta, he vivido más años aquí, en Estados Unidos, que en Argentina. Sin embargo, me sigo sintiendo muy argentino. Argentina es como un país portátil, uno lo lleva adentro, vaya donde vaya. Yo escucho un tango, veo la bandera de mi país y me sigo emocionando. Me encanta ver los partidos de fútbol que juega Argentina. Sigo recibiendo Clarín, El Gráfico, Gente. Es increíble, pero no conozco un argentino que reniegue de su argentinidad. Todo lo contrario. Creo que somos un poco ’’snobs” con respecto a nuestra nacionalidad. Mi mujer, que es americana, muchas veces me bromea diciendo que soy un ’’hispanic”. Pero, yo le digo, "Sorry but when you are talking about hispanics you are not talking about me” (Disculpáme, pero cuando hablas de hispanos no estás hablando de mí). Y es verdad. ¿Cómo vamos a comparar a un argentino con un centroamericano? Y esto lo digo realmente sin menospreciar a los centroamericanos. Siempre le recuerdo a mi mujer que todos los miembros de mi familia, de alguna manera logran comunicarse con ella en inglés, algunos más, otros menos. Pero, de los parientes de ella, no hay ninguno que hable español. Y eso indica la sofisticación que los argentinos hemos tenido como nación. A pesar de todos los problemas de educación que padecemos hoy, estoy convencido de que un peón de campo argentino sigue estando más informado sobre lo que pasa en el mundo que el americano medio de aquí.

-¿Dónde nació?

Yo nací en Buenos Aires, el 18 de Enero de 1943, en la Clínica Cangallo. Vivimos durante muchos años en Once y luego nos mudamos a San juan y Phichincha. Me eduqué en escuelas católicas, excepto un año que cursé en la Escuela Argentina Modelo y otro año que cursé en la Escuela del Estado, Gervasio Posadas. Luego hice mi secundario en el Liceo Militar. Todavía conservo el grupo de amigos que tenía en el Liceo. Es increíble, pero somos todos médicos, todos emigramos a los Estados Unidos, y todos estamos trabajando en la misma zona en los suburbios de Washington.

- ¿Cuántos de sus amigos eran los que querían seguir medicina?

Unos 25, 30. Recuerdo que ese último año fue muy duro porque terminábamos las clases a la una de la tarde y salíamos disparando para la Universidad. Allí, el gran problema que teníamos era el ir de uniforme. Y en el año 60, ya había bastante inquina contra los militares. A mí me tocó el Liceo en la época de la Revolución Libertadora. Los fusilamientos de Tanco y de sus compañeros tuvieron lugar en nuestro Liceo. Es decir, había mucha bronca. La gente se ha olvidado de eso.

¿Cómo era la Universidad en esa época?

Tuvimos profesores extraordinarios. De Robertis, que era titular de histología, era un científico reconocido mundialmente. Investigaba para la NASA y la Fundación Ford le puso a su disposición, en Argentina, el primer microscopio electrónico. Pero fuera de eso que era positivo, la Universidad era totalmente autoritaria. No había ninguna comunicación con los profesores titulares de las materias. Toda la comunicación tenía lugar a través de los adjuntos. No había huelgas, ningún movimiento de reivindicaciones aunque más no sea académica. No perdimos ni un solo día de clase. Como yo venía de un régimen militar, ése régimen autoritario no me molestó. Recién ahora, me doy cuenta de lo ilógico y lo irracional que era.

-¿Por qué?

Por ejemplo, yo recuerdo que un día fuimos a pedirle permiso al titular de Anatomía para que nos dejara usar el Museo de Anatomía. Tuvimos que esperar más de dos horas, porque, por supuesto, él estaba en su despacho... ocupado. Y cuando salió, ni siquiera nos invitó a pasar, sino que caminando nos dijo:”Uds. quieren hablar conmigo? Entonces síganme porque yo estoy apurado”, y mirando al ascensor nos preguntó: “¿Qué les pasa?” Le dijimos que teníamos que estudiar los huesos, que queríamos ir al museo para poder estudiarlos. ”No, al museo no porque los alumnos siempre rompen todo”, nos dijo. ¿Cuál era el objeto de un Museo de Anatomía si los alumnos no lo podían usar? Lo mismo ocurría con la biblioteca. No podíamos acceder a los volúmenes importantes, a los que contenían la última información, porque eran sólo para los profesores. En ese sentido, nosotros no podíamos estudiar. Estudiaban sólo ellos. El sistema educativo tenía ese tipo de locuras. Y nunca me voy a olvidar de ese profesor de Anatomía, que se llamaba Mansi... Para terminar la historia, ¿podemos ir al museo, ¿qué hacemos?” Me dijo: ’’Váyanse a robar huesos a la Recoleta”. Esa fue su respuesta. Y esa fue mi única interacción con el titular de la cátedra de Anatomía, si dejamos de lado las preguntas y respuestas durante los exámenes.

-¿Cómo decidió venirse a Estados Unidos?

Me recibí el 2 de enero de 1967 y el 15 de febrero de ese mismo año, di un examen para poder venirme. Era el examen del ’’Ocupational Council for Foreign Medical Graduates”, que nos ponía a la par de los médicos americanos. En ese momento, era consciente de que los conocimientos que tenía no eran suficientes para la práctica médica. Si bien habíamos tenido una Universidad muy buena, era una Universidad fundamentalmente informativa, que no nos brindaba ningún tipo de experiencia concreta. Yo no podía manejar un caso, nunca manejábamos un caso en la Universidad. Veíamos un hígado, veíamos un ojo, veíamos una oreja, pero nadie nos decía, acá hay un paciente, háganle el diagnóstico, hagan la historia clínica, como se hace aquí en Estados Unidos, donde los estudiantes de segundo año, ya están encargados del manejo de pacientes. Por el contrario, nosotros estudiábamos todo de una manera aislada y teórica. En ese sentido, consideraba que era muy importante hacer una buena residencia. Me presenté al concurso del CEMIC, que en ese momento era lo mejor que había y lo gané. Pero después del examen del concurso, había que pasar además una entrevista con el Jefe del Servicio, que era un amigo de mi padre. Nunca me voy a olvidar de la entrevista. Miró todos mis antecedentes, miró mi examen y me dijo: "Te voy a hacer un favor. Ahora me vas a odiar por este favor, pero más tarde me lo vas a agradecer toda tu vida. No te voy a aceptar aquí. Como sé que pasaste el examen para ir a Estados Unidos, creo que es mejor que te vayas". Hoy creo que él también decidió que era mejor me fuera debido a mi situación económica. Las residencias en el CEMIC, eran "ad honorem" y "full time". El sabía que yo así no podría sobrevivir. Entonces no me quedaba otra alternativa que la de irme a Estados Unidos y lo lógico era apuntar hacia el área donde estaba mi madre enseñando.

-¿Eran pagas las residencias aquí?

Sí, pero con un sueldo mínimo. Eran tres mil dólares al año, más una pieza en el Hospital, el uniforme y las comidas. Pero eso era más que suficiente, porque el trabajo de internado acá eran 120 horas semanales. No había tiempo ni siquiera para comer. Empecé mi residencia en el Prince George Hospital, luego pasé al Washington Hospital Center y la terminé en el George Washington University Hospital. El primer año tuve que aprender mucho, y el primer problema fue, sin duda, el inglés, porque por más que uno tenga el idioma técnico, eso no es suficiente para estar lidiando con pacientes en la clínica o para hablar por teléfono y dictar informes. En segundo lugar, tuve que acostumbrarme al ritmo infernal de trabajo. Recuerdo que llegué al hospital el 2 de junio de 1967 a las siete de la mañana, y ahí nomás me dijeron "vaya a la Sala de Operaciones". Yo no sabía siquiera dónde estaba la Sala de Operaciones. Cuando la encontré, me hicieron cambiar y comencé a ayudar en lo que podía, lo que era bastante poco porque no entendía nada. Los americanos usan todo tipo de denominaciones que no tienen nada que ver con nuestro vocabulario. Por ejemplo, para ellos, un ’’mosquito” es una pinza pequeña. Entonces el cirujano gritaba “mosquito” y yo miraba para ver si había uno en el quirófano, porque eso en la Argentina era muy común. Después pedía un “army-navy”, es decir un separador que de un lado es más corto que del otro, y yo me rompía la cabeza pensando qué tenían que ver el ejército y la marina en ese quirófano. Así, pasé diez o doce horas de tortura. Cuando terminé, no podía ni mantenerme parado. Al salir del quirófano, estaba cambiándome cuando la enfermera vino y me entregó una lista con diez o doce nombres:

-¿Y esto que es?”, le pregunté. ’’Estas son las admisiones de cirugía, para mañana”. -¿Y qué tengo que hacer con esto?

-"Tiene que examinarlos a todos...”

-Pero yo ya estuve trabajando doce horas sin parar.

-”Lo siento pero usted está de guardia hasta mañana a la noche. No veo por qué se está quejando”.

Es decir, nuestro trabajo comenzaba a las siete de la mañana y seguía hasta las seis de la tarde del día siguiente. Y fin de semana por medio, guardias... En total, eran 120 horas de trabajo por semana. Si a mí, alguien me hubiera dado un pasaje a la Argentina en ese momento, yo me volvía. Para colmo, yo estaba recién casado. Otro grave error. Mi mujer, Susana, se pasaba el día sola, en un pequeño departamentito que nos daban a los residentes. No sabía hablar inglés. No tenía amigas. Es decir, para ella también fue bravísimo.

-Dicen que una de las grandes diferencias entre la atención médica argentina y la americana es el trato al paciente.

Es cierto. Aquí el trato es muchísimo más tecnológico que en la Argentina. El problema es que el médico americano ve en el paciente a una especie de enemigo que le puede hacer un juicio en cualquier momento. Por ejemplo, un día volvió de hepatología un paciente que tenía cáncer. En esa época, los médicos argentinos no le decíamos al paciente que tenía cáncer. Entonces, cuando mi jefe me pidió que le informara a ese paciente lo que tenía, le dije:

No, disculpáme pero yo no le voy a decir que tiene cáncer.

-¿Por qué? ¿Tiene o no tiene cáncer?

-Sí. Tiene cáncer, pero yo no voy a decírselo.

-¿Por qué no le vas a decir la verdad?

En fin, tuve que salir a lidiar con eso. Luego descubrí que el paciente americano acepta que tiene cáncer de una manera diferente a la del paciente argentino. Ahora pienso que es mucho mejor saber. No estoy de acuerdo cuando se le dice al paciente que tiene cáncer quitándole todo tipo de esperanzas. Pero el paciente tiene que saber la verdad. Además, aquí hay una ley mediante la cual él tiene que consentir el tratamiento que le recomienda su médico. Para poder consentir tiene que estar informado y la información tiene que ser lo más exacta posible. Es por eso que aquí, los médicos, dan la información con toda crudeza. La famosa visita del médico a la casa, que en nuestro país todavía es algo muy normal, no tiene un valor científico más que el de reasegurar a alguien. Aquí no justifican que, teniendo una ambulancia equipada con lo mejor, que puede venir a buscar al paciente en cualquier momento, usted pida que venga un médico a su casa a ver qué tiene. No. Viene la ambulancia, se lleva al paciente al hospital, le hacen inmediatamente todo tipo de análisis, radiografías o tomografías computadas, y se obtiene un diagnóstico muy exacto de lo que el paciente tiene. En los últimos años, el impacto de la tecnología sobre la medicina ha sido enorme. Actualmente, los médicos pueden prolongar la vida de sus pacientes de una manera que no lo podían hacer antes. Esto tiene aspectos positivos y aspectos negativos. Entonces uno puede preguntarse:

¿Hasta cuándo debemos aplicar tecnología de complejidad y quién es el que tiene que decir basta? El dilema tiene una dimensión ética y otra de tipo económico que, de alguna manera, están íntimamente ligadas. El sistema de salud americano está casi en bancarrota, entre otras cosas, porque la tecnología de alta complejidad es carísima y los médicos la utilizan sin ningún tipo de límite, por miedo a ser perseguidos en la Corte. Nos guste o no nos guste: todos los planes de salud que están proponiendo no funcionarán sin racionamiento. Pero ¿quién dice basta?, ¿cómo decimos basta?, ¿a quién le decimos basta? Todos estamos de acuerdo en que hay que poner límites, pero nadie quiere ser el que desenchufa el pulmotor.

-¿Le tocó decidir en algún caso?

He tenido unos cuantos casos. El problema es que ahora han establecido lo que se llama el ’’Willing Will", es decir un testamento donde una persona deja por escrito qué es lo que desea hacer en caso de que le ocurra algo. Pero no siempre las cosas ocurren como uno supone que tienen que ocurrir. Por ejemplo, alguien me puede decir que llegado el caso, no quiere que lo mantenga vivo artificialmente. El 99% de los pacientes dicen eso.

Supongamos que un paciente sale de este consultorio. Hay una tormenta. Le cae un rayo en la cabeza. Cae fulminado. Viene la ambulancia. Le inician respiración artificial. Lo entuban. Consiguen que recupere su ritmo cardíaco. Lo ponen en el ventilador. Llega al hospital en el ventilador con muerte cerebral. La ley dice que no tenemos por qué iniciar medidas extraordinarias, pero no nos da autorización para parar las que han sido iniciadas. En esos casos, generalmente, la familia tiene que ir a la Corte. Entonces empiezan los problemas judiciales. Hay que demostrar que el paciente está muerto cerebralmente. Hubo casos que han durado años y años.

-¿Cuál es su posición sobre Jack Kerkovian, el médico que asiste a pacientes terminales y los ayuda a suicidarse?

Yo pienso que un individuo puede tener el derecho de decir que no quiere vivir más. Pero no pienso que los médicos tengamos el derecho de facilitarle esa muerte. Nuestra función es proteger la vida, no facilitar la muerte. Yo creo que desde el punto ético es incompatible. Tal vez sería lógico no extender la agonía. Pero, hay problemas con eso. El individuo que va a cometer suicidio técnicamente está deprimido, y si lo ayudo para que se suicide, le estoy ayudando a que tome una decisión cuando sé que no está en estado normal. Creo que en casos de pacientes terminales, tal vez no tendría problemas en dejar de hacer, pero no puedo participar activamente en provocarle la muerte. Eso es algo muy difícil y los médicos que lo han hecho yo conozco un par de ellos- quedaron con cargas muy grandes. Uno de ellos lo hizo con el suegro. Y quedó muy mal. Pero hay países que aceptan la eutanasia. Todo depende del concepto social de cada país, de cada persona.

- Los avances tecnológicos no sólo conducen a repensar cuando termina la vida sino también cuándo empieza

Estoy totalmente de acuerdo. Hay cosas que la tecnología ya puede hacer y que, sin embargo, los científicos no las hacen por las consecuencias éticas o ilegales que implicarían.

¿Cuál sería el ejemplo?

Por ejemplo, generar DNA humano en una probeta, generar vida humana. Los científicos ya están en condiciones de hacer eso, ¿pero quién se atreve a ser el primero? Hay que imaginarse lo que puede llegar a ser desde el punto de vista humano, legal, ético. Si ya tenemos problemas para decidir de quién es un embrión fecundado en una probeta, si es de la madre o del padre, o de quién es el bebé de una madre portadora, hay que imaginarse lo que sería un bebé concebido totalmente de manera genética. Son problemas de ética médica muy serios que no sé cómo vamos a hacer para resolver. Hemos llegado a un punto donde estamos mezclando moral, ética, religión.

-¿Piensa usted que aquí, en Estados Unidos, están manejando bien este tipo de problemas o se les está yendo de las manos?

Lo están manejando bien en cuanto a profundidad en el trato del tema. Pero se les está yendo de las manos en cuanto a la complicación legal. Va a llegar un momento en que no sé cómo lo van a manejar. ¿Cómo van a decidir qué individuo está muerto? Nadie lo quiere decir pero el problema es cómo racionar el cuidado médico. En Gran Bretaña ya se ha decidido que es mejor tratar un ataque al corazón en la casa que en el hospital porque la probabilidad de sobrevivencia no aumenta mucho con el traslado y, por lo tanto, no justifica el gasto.

-Cuando terminó su residencia. ¿Nunca pensó en volverá la Argentina?

Sí, muchísimas veces. Pero a mí me habían entrenado con tecnología que Argentina no tenía. En aquel momento, estábamos veinte, treinta años atrasados y sin ninguna posibilidad de cambio. Yo no quería tirar cinco años de residencia por la ventana. Por otra parte, todos los puestos que me ofrecían eran políticos. Por ejemplo, cuando el Presidente Levingston estaba acá de Agregado militar, yo atendía a su madre. Un buen día lo llamo para darle el resultado de unos análisis y me dicen: "el General no está porque viajó a Buenos Aires, es el nuevo presidente de la Nación". Yo no lo podía creer. Luego me ofreció ser director de Medicina sanitaria de la Ciudad de Buenos Aires. Yo no entiendo nada de medicina sanitaria y le dije: "No tengo nada que ver con eso. Es como si me pusieran a administrar el Jardín Zoológico." Aunque era un sueldazo le dije que no. La segunda intentona fue en el 73, cuando parecía que el cambio venía en serio. Yo siempre fui antiperonista, y no me importa decirlo, aunque hoy, ya no sé lo que es un peronista.

Que nadie me pida que defina lo que es el peronismo, porque ahora ya no sé qué es. Pero en el 73, había una sensación de cambio, de entusiasmo. Hablaban de que iba a haber libertades. Lo eligieron a Cámpora. Y ese año se fue un compañero mío, Alberto Muniagurria, un excelente médico que está en Rosario en el Instituto González Sabathié. Él quería que me fuera con él, pero yo decidí esperar un poco. Y en ese "poco” tuvo lugar la debacle: se murió Perón, subió Isabelita, subió el Gobierno militar. Todo era muy desconcertante. Si bien con los gobiernos militares yo tenía buenos contactos, porque todos los agregados militares que pasaban por aquí eran pacientes míos, y hubiera podido ciertamente conseguir lo que se me hubiera ocurrido en cuanto a puestos, lo que no me gustaba era la digitación política. Porque eso implicaba sacarle el puesto a alguien que a lo mejor sabía tanto o más que yo sobre el tema en cuestión. No sé, pero nunca me pareció justo. Finalmente mi práctica privada andaba bien. No era millonario, pero ganaba bien. Había terminado mi profesorado en la Universidad de George Washington, tenía un puesto como Profesor asistente en la Facultad. Me metí en medicina Aeronáutica. A mí siempre me gustó volar. Saqué mi licencia comercial. Es decir, poco a poco la cosa se fue asentando acá.

-¿Qué pasó con su esposa?

Mi señora hizo la valija y se fue. Yo no le echo la culpa a los Estados Unidos. Nos habíamos casado muy jóvenes, a los 22 años. Si mañana mi hijo, que tiene 23 años, me dice que se quiere casar, me muero. A los 22 años, no estábamos maduros para pasar por semejante crisis de adaptación a otro país. Mi esposa partió a Buenos Aires, con mis dos hijos mayores. Ahora, uno está en la Universidad del Salvador y el otro en la Universidad de Belgrano.

Luego conocí a mi segunda señora, que es americana. Me compré una casa, y claro, cada vez se hizo más difícil volver. Tuve tres nenas.... Es difícil decir por qué no volví a la Argentina. No fue por una razón en especial. Pese a los años, pese a que soy ciudadano americano por adopción, yo me considero muy argentino. Y mi mujer siempre dice "a vos no te molesta cuando hablan de los hispanics”. A mí no me molesta porque yo no soy "hispanic", yo soy argentino.

-¿Cuáles fueron los momentos más duros?

El momento más duro de todos estos años para mí, fue la Guerra de las Malvinas. Me sentí muy mal, porque no estaba ayudando de alguna manera a mi país... más tarde pude ayudar porque la Marina trajo a un par de muchachos que fueron heridos durante la Guerra. Yo lo ayudé a hacer la reeducación....

¿Todos los embajadores argentinos ante la Casa Blanca fueron pacientes suyos?

Sí, la gran mayoría. Podemos decir que la política argentina pasó por mi consultorio. Algunos de los que pasaron por acá terminaron en cargos públicos muy importantes o presos. Esto era como un circo romano. Sobre todo en la época de los militares, la cosa fue muy seria. Por ejemplo. En el año 1978, me invitaron a participar en un programa de una radio de acá para hablar sobre el problema de la Argentina. Ya en esa época se hablaba de las desapariciones, pero era de los que creía fervientemente que eso no existía, y por lo tanto defendía enérgicamente la posición de que todo era una campaña antiargentina.

-¿Realmente pensaba en eso?

Sí, estaba totalmente convencido. En aquel momento, realmente yo no sabía; después, con el correr del tiempo me di cuenta.... pero entonces nadie sabía, o a los que sabían, yo no les creía. Para mí fue como cuando tuvo lugar el Holocausto en Alemania; lo tuve delante de las narices y no me di cuenta. Habíamos llegado a un punto tal que se decía: "si le pasó eso, es porque andaba en algo, por algo será". La gente ni siquiera se detenía a pensar. Porque la gente estaba cansada del terrorismo y de las bombas y del desorden. Y nosotros siempre fuimos un poco fascistas. Los argentinos siempre fuimos fascistas: desde el colectivero hasta el verdulero, siempre hemos sido fascistas.

-¿Por qué dice eso? ¿Cuáles serían los indicadores ?

Alguna vez Ud. entra en un lugar en la Argentina donde le digan: "¿Cómo podemos ayudarlo? O espere un momentito, no se preocupe que se lo vamos a solucionar en un instante". La actitud no es esa. En general lo que dicen es: "No, no se puede o,¿pero cómo me viene con esto?".

Allá, el que está de turno detrás del mostrador es el que dicta la ley.

Hace algunos años fui a la Argentina. Me dieron una tarjeta de inmigración. El empleado que estaba allí, no me selló la entrada diciéndome que no hacía falta. Le dije que cuando saliera me iban a hacer un problema. El empleado insistió: "Le digo que no hace falta". Como vi que no había caso, agarré un papelito y le pedí que escribiera: "Yo fulano de tal, digo que no es necesario sellar la entrada...." y fírmelo con su nombre. De mala gana lo firmó. Una semana después, ya de regreso, llego a la salida y el empleado de turno me pregunta "Y por dónde entró Ud.". "Por Ezeiza, y le explico: "pero, ocurre que el Sr. y le digo el nombre que ahora no recuerdo- no me lo quiso sellar. Y aquí me firmó este papel diciendo que no hacía falta." El empleado no lo podía creer: "Otra vez ese b Pero cuantas veces le hemos dicho que tiene que sellar", y dirigiéndose a mí, agregó con tono autoritario, "Y que ésta sea la última vez. Hoy lo dejamos pasar, pero la próxima se queda en Buenos Aires". Si uno compara esto con lo que pasa aquí en el aeropuerto, cuando uno presenta un pasaporte americano... Lo primero que le pregunta el oficial de migraciones es: "¿Cómo le fue en su viaje?".... "muy bien". "Me alegro. Bienvenido a casa". Yo tengo tantas anécdotas de mis llegadas a la Argentina.... Un día fui a una panadería. Hice la cola y cuando me llegó el turno le pedí al panadero: "Por favor, me da dos docenas de medias lunas y una de flautitas". El panadero me miró y con los brazos cruzados, ni se inmutó. Ni una palabra. Lo primero que se me ocurrió es que le había hablado en inglés. Recién llegado, me dije, acabo de confundirme. Entonces volví a repetirle el pedido... en español. Pero, nada. De repente, ya de cansadas, el hombre me dijo: "¿Y en qué piensa llevar todas esas cosas?" Claro, ahí comprendí que me había olvidado la red. No se me había ocurrido llevar la red porque aquí uno va a comprar el pan sin nada. Acá, a uno le dan la bolsa. Y las viejas que estaban detrás de mí, en vez de apoyarme, porque al final yo era un cliente como ellas, empezaron a gritar. "Hay que avivarse, uno no puede salir dormido por la mañana." Entonces, tímidamente le pido si me puede envolver todo en un papel: "Sí, pero el papel cuesta plata..." me gruñó. Acá, cuando uno compra algo, el vendedor siempre le da las gracias y le dice "Espero volver a verlo". En Buenos Aires, parece que cuando uno va a comprar algo le están haciendo un favor vendiéndoselo. En esa época, yo tenía pasaporte argentino, lo fui a renovar. En la puerta había un policía. Le pregunto a donde tenía que ir y el agente me cabecea. Fui, y por supuesto no encontré el lugar. Entonces volví y le dije: "Discúlpeme agente pero no entendí dónde tengo que ir...." Me miró y me dijo textualmente: "A vos te estoy viendo la jeta demasiado seguido por acá". Yo me decía, pero será posible lo que estoy escuchando....

- ¿Volvería Ud. a la Argentina ahora ?

Volvería, pero no a trabajar. Volvería a enseñar, me encantaría enseñar, y no sólo medicina sino también cómo organizar un sistema de salud o un dispensario regional. Lo que no sé es si podría vivir en la lucha diaria. El médico argentino, hoy por hoy, tiene un método de trabajo diferente al nuestro. Yo me moriría de angustia.

-¿Por qué?

Le doy un ejemplo. A la madre de un colega mío, el Dr. Rossi, la internaron hace una semana en el Hospital Israelita de Bs. As. Al parecer, tenía un problema cerebrovascular. Me llamó para consultarme y yo le pregunté qué daban los análisis. Me dijo que no tenían los resultados. Habían pasado 48 horas y todavía no los tenían. Acá los tenemos a los 5 minutos. Y cuando le pregunté si le habían hecho una tomografía, me dijo que estaba en lista de espera para la semana próxima. Yo no podría trabajar así. Y no siempre se trata de un problema económico. Porque en muchos casos los medios están, pero las cosas no se hacen con la diligencia debida.

A pesar de esto, yo me volvería porque en cuanto a la sociedad, la argentina sigue siendo más humana que la americana... En nuestra sociedad la familia sigue hiendo muy importante. Aquí, estamos muy solos. Los miembros de las familias americanas están muy separados, unos viven en Kentucky, otros en Texas, en California. Pero las cartas se dieron de esta manera y a mí me tocó estar acá.

Yo recuerdo una vez que llevé a una de mis hijas al Jardín de Infantes, de la mano: la maestra salió y me dijo: "No, así no. Nosotros queremos que los chicos sean independientes." Pero mi chiquita ni siquiera podía abrir la puerta porque era pesadísima. La segunda vez que fui a llevarla, me mandó una carta explicándome lo importante que era para los chicos ser independientes. No le llevé el apunte. Pero un día abrí la puerta de la escuela y me la encontré delante de mío. Entonces me preguntó: "¿Ud. recibió mi carta?" Y a mí me salió el taño que tengo adentro y le contesté: "Si, yo la recibí pero la que no está recibiendo mi mensaje es Ud." Después de eso, nunca más se atrevió a decirme nada. Pero un día la agarró a mi mujer y le dijo "Estos latinoamericanos son muy cabezas duras". Y yo no entiendo porque voy a dejar, por ej., que mi hija se moje porque es tan pequeña que no puede abrir la puerta.

-¿Las chicas saben que tiene cáncer?

Si, saben. Todos saben. Esto es muy bravo, sobre todo para mi mujer que tiene apenas 38 años. Lo único que me alivia es pensar que, económicamente lo tengo todo bien organizado. Tengo un muy buen seguro de vida, tengo un muy buen seguro de incapacidad. Mi mujer me dice: "Ni me hables de eso". De acuerdo, pero si me tengo que ir, quiero que queden todos bien protegidos.

¿Tiene algún tipo de terapia de apoyo?

Sí, tengo, pero en realidad no lo he manejado tan mal.

Tengo mis días. Lo que pasa con la terapia de apoyo es que eso de sentarme con un psiquiatra y que me diga "¿Y a Ud. que le parece?" ¿Qué quiere que me parezca? Realmente he encontrado mucho más apoyo en la iglesia.

-¿No lo ayuda la terapia en su relación con su familia?

Si, para eso tenemos grupo de apoyo en Georgetown. Son útiles, porque la familia también se cansa, sobre todo con las nenas. Yo la sigo peleando. Vamos a ver qué pasa. El problema es que el tratamiento me agota. Lo hago de noche, porque las primeras tres horas me da una fiebre terrible. Después, cuando pasa eso, puedo descansar un poco, pero quedó totalmente destruido. Y eso lo tengo que hacer 5 días por semana. Pero ¿cuál es la alternativa?

- ¿Siempre fue muy creyente ?

Sí, siempre fui creyente. No puedo decir que ahora lo sea más. Pero creo que ahora tengo más comunicación con Dios. Hablo todo el tiempo con Dios y con el sacerdote. La iglesia tiene una tradición que está ahí, y uno sabe que puede depender de ella, independientemente de los hombres, de los seres humanos. Sin eso, sería terriblemente difícil.... El otro día estaba leyendo las memorias de un científico que decía que no hay una sola partícula del Universo que se cree y que se pierda, que todos vivimos en un concierto que solamente un Ser Superior puede haber creado.

Einstein también llegó a la idea de Dios. Constató que la actividad de los átomos y de los planetas era tan similar, que era imposible que eso fuese una casualidad. De todas maneras, exista o no exista Dios, yo creo en la espiritualidad. Si miramos bajo el microscopio nuestras células, dejamos de ser personas. Somos células. Lo que nos hace personas es la espiritualidad, y eso, de alguna manera es inmortal.

El Dr Luis Bentolila desarrollo su practica en Bethesda, y en Washington DC. Su nombre trascendió la comunidad hispano parlante, convirtiéndose en uno de los mas renombrados internistas en su medio, Formado en el Washington Hospital Center y con adscripción al Hospital de la Universidad de George Washington. Fue en su corta vida un argentino que brillo en el extranjero, como bien queda expuesto en esta entrevista publicada en el libro "Porque se fueron " de Odile Baron de Supervielle, Se entrego por entero a la profesión que amo y que supo desarrollar con compromiso, humanismo, sabiduría y un gran sentido común. 

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