Enviar URL:

Si no visualiza el código,haga click en él, para cambiarlo.

    x
  • • Su mensaje fue envído.
Actividades » Médicos

Conan Doyle, invento una historia y la convirtió en leyenda

Médico oftalmólogo británico que no alcanzó la fama por su profesión, sino por su personaje Sherlock Holmes

Arthur Conan Doyle (1859-1930), británico, de profesión médico en la especialidad de oftalmología donde nunca alcanzó a destacarse, debe su fama imperecedera a la creación del personaje de Sherlock Holmes, protagonista principal de sus novelas, que con el tiempo se convertiría en el primero de los detectives de ficción que alcanzó fama mundial.

La actividad de médicos implicados en la trama de sus novelas está reflejada en varias de ellas, donde podemos observar cómo los colegas del autor participan de manera diversa.

En la novela titulada The adventure of the Speckled Band (1892) aparece la figura del Dr. Roylott, último representante de una de las familias sajonas más antiguas de la Inglaterra de esa época. Este médico se ve inmerso en cuestiones misteriosas ocurridas en los confines occidentales de Surrey. Agreguemos que la familia de Roylott, otrora una de las más grandes fortunas británicas, en el siglo XVIII y como consecuencia de los desmanejos de varios herederos se hallaba en la ruina. Roylott, único hijo del último caballero de este linaje, ante la situación económica que sufría, solicitó un préstamo a un pariente y de este modo pudo concluir sus estudios de medicina. Con el título de médico bajo el brazo se trasladó a Calcuta, donde por su actividad prontamente tuvo una clientela numerosa. Abandonó la soltería al casarse con la viuda de un general de división de la artillería de Bengala, la Sra. Stoner, quien era madre de dos gemelas.

Tiempo después, el Dr. Roylott al comprobar que le habían robado varios objetos de valor de su domicilio, azotó al mayordomo indígena hasta causarle la muerte. Si bien escapó milagrosamente a la pena de la horca, permaneció en prisión muchos años. Tras recuperar su libertad regresó a Inglaterra convertido en un ser hosco y desengañado. A esto se agregó que su esposa encontró la muerte en un accidente ferroviario.

Su carácter difícil, sumado a la muerte de su cónyuge, le llevaron a abandonar la idea de establecerse en Londres, decidiendo marchar a la casa solariega ubicada en Stoke Manor, acompañado de las gemelas, ya que el dinero de la fallecida bastaba para tener una vida sin privaciones.

A todo esto, una de las gemelas —Helen— en conversación con Sherlock Holmes y el inefable Dr. Watson en el 221B de Baker Street, les comunicó su inquietud por el cambio sufrido por su padrastro, reflejado por su hosquedad, sus disputas con quien se cruzara en su camino y con discusiones que invariablemente terminaban en la sede de la comisaría de la zona. Una noche Julia, la otra gemela, muere de manera horrible y misteriosa, mencionando cuando agonizaba a una “banda de manchas de colores”; la causa del deceso no pudo ser establecida. Requeridos los servicios de Holmes, éste acompañado del Dr. Watson, toma a su cargo el caso, instalándose ambos en el hotel Crown Inn desde donde observaban las ventanas de la casa solariega.

Esperando el momento propicio, Holmes y Watson luego se deslizaron hasta el dormitorio de Helen para iniciar la vigilancia en la oscuridad. Descubrieron que el demente Dr. Roylott había empleado una mortífera serpiente india —la víbora de los pantanos— para matar a Julia e intentar asesinar a Helen. En uno y otro caso se ignoran los motivos. El plan pergeñado por el enloquecido Dr. Roylott fue frustrado y el reptil irritado se volvió contra su dueño dándole la muerte.

Otro médico, el joven Dr. Stamford, en su momento cirujano ayudante del Dr. Watson en el hospital de San Bartolomé antes de que este último partiese a las guerras de Afganistán, desempeñó un papel trascendente en la saga holmesiana. El Dr. Watson, convaleciente de una herida y muy decaído anímicamente, se encontraba un día de 1881 en el bar del Hotel Criterion, en Picadilly Circus, donde circunstancialmente entró el Dr. Stamford, su antiguo cirujano ayudante. Ambos médicos celebraron el encuentro regalándose un almuerzo opíparo en el elegante restaurante Holborn. Durante la charla, Watson dice a Stamford que está buscando alojamiento en tanto Stamford contesta que conoce a una persona que también busca casa y que trabaja en el laboratorio de química del San Bartolomé. Al conocer Watson la novedad, manifestó interés en conocerlo, a lo que Stamford -a manera de advertencia- expresa: Todavía no conoce Ud. a Sherlock Holmes y quizá no le guste como compañero permanente, explicándole también que Holmes es “un poco extravagante en sus ideas”, un entusiasta de algunas ramas de la ciencia, y versado en anatomía aunque nunca había estudiado medicina sistemáticamente. Pero no son las únicas reservas del Dr. Stamford: “Holmes es un poco demasiado científico para mi gusto, se aproxima a la insensibilidad. Parece sentir pasión por los conocimientos concretos y exactos”, expresa. Tras ello, en el laboratorio del hospital, el Dr. Stamford formula una presentación sencilla y contundente: “El Dr. Watson, el Sr. Sherlock Holmes”. Luego de intercambiar opiniones acerca de idiosincrasias, ambos acuerdan mirar algunas habitaciones. Al momento de despedirse del Dr. Watson —en las afueras del hospital— Stamford saluda a su antiguo jefe acotando: “Debe Ud. estudiarle enseguida. Aunque le va a resultar un problema difícil. Apostaría que averigua él más acerca de Ud. que Ud. acerca de él”. Con esta misteriosa observación, la persona del Dr. Stamford desaparece totalmente de la historia holmesiana.

El Dr. Leslie Armstrong es otro de los médicos participantes de la actividad investigativa de Sherlock Holmes. Su intervención se da en The Adventure of Missing Three Quarter (1904), donde se encuentra involucrado en la desaparición de un integrante del equipo de rugby de la Universidad de Cambridge. Cuando Sherlock Holmes y el Dr. Watson visitan al Dr. Armstrong en Cambridge observan que vive en una espaciosa mansión muy bien ubicada. Distinguido miembro de la Facultad de Medicina muestra -según el Dr. Watson- ser hombre de carácter fuerte, inteligencia lúcida, conducta ascética y dueño de sí mismo. Recibe a sus dos visitantes de mala gana negándose a hablar del rugbier desaparecido, aunque Holmes sabe que éste ha sido paciente de Armstrong. Ante la evidencia de la mentira esgrimida por el médico, éste muy enojado hace expulsar a sus visitantes sin contemplaciones.

Los movimientos del Dr. Armstrong resultan sospechosos en grado sumo; además de consultor y conferenciante, diariamente sale durante tres horas en su berlina tirada por dos caballos tordos, aparentemente come si estuviese concretando visitas a domicilio. Holmes, en una de ellas, aprovecha para interrogar al cochero pero éste azuza a un perro contra él. Más tarde, el investigado intenta seguir el carruaje en bicicleta pero es descubierto y recibe una nota sarcástica del Dr. Armstrong que dice: “Le puedo asegurar que está perdiendo el tiempo al seguir mis movimientos”. Agrega el consejo de regresar a Londres. Sin perder el optimismo, Holmes se ingenia para inyectar anisado en una rueda de la berlina y con un sabueso de orejas colgantes -cruza de podenco con zorrero- llamado Pompey sigue el rastro hasta una casa de campo ubicada cerca de la aldea de Trumpington. Allí, Holmes y el Dr. Watson descubren al jugador desaparecido llorando al lado de una cama donde yace muerta una hermosa joven. Luego aparece el Dr. Armstrong y explica toda la historia. El jugador, heredero de una cuantiosa fortuna, había contraído matrimonio con la hija de su patrona, hecho que de saberse habría significado ser desheredado. Por esta razón la joven esposa estaba oculta en una casa de campo del condado de Cambridge. La víspera del encuentro rugbístico entre Oxford y Cambridge, el padre de la joven le avisó que la misma estaba muriendo de tuberculosis. Abandonó el equipo y fue inmediatamente al lado de la agonizante. La muchacha era paciente del Dr. Armstrong, quien guardaba celosamente el secreto. En el final de la trágica historia, él y Holmes se despiden con un amistoso apretón de manos.

En la novela The Hound of the Baskervilles (1907) interviene el Dr. James Mortimer, quien asistía a Sir Charles Baskerville cuando éste muere en circunstancias misteriosas en los páramos que rodeaban su mansión. El Dr. Mortimer había visitado a Holmes el día anterior aunque no lo encontró, ocasión en que olvidó en el 22IB de Baker Street su macizo bastón con una cinta de plata grabada. Este adminículo permitió al investigador deducir que el propietario del mismo era una persona de buen talante ya que el bastón era un obsequio del personal de su hospital, sin ambiciones —ya que había abandonado Londres para vivir en el campo— y bastante distraído por el hecho de olvidarlo en el domicilio de Holmes. Cirujano de valía, el Dr. Mortimer prefería ser llamado señor; se trataba de una persona muy alta y delgada, nariz larga y afilada, ojos grises penetrantes, de carácter chispeante, portador de gafas con montura de oro. Al presentarse ante Holmes describe su persona al afirmar: “Un aficionado a la ciencia, Sr. Holmes, un buscador de conchas en las playas del gran océano desconocido”. Entre otros datos, el Dr. Mortimer entrega a Holmes documentos, incluyendo uno fechado en 1742, vinculados a un sabueso fantástico y monstruoso de los páramos de la hacienda de la familia Baskerville. Tres meses antes Sir Charles Baskerville había sido hallado muerto en aquellas tierras. Su médico no pudo detectar signos de violencia; únicamente una singular distorsión facial que atribuyó a disnea o agotamiento cardíaco. La necropsia reveló una antigua enfermedad orgánica, en tanto los médicos forenses emitieron un informe de muerte natural. Lo que el Dr. Mortimer calló en la investigación fue que al examinar el terreno alrededor del cuerpo de su paciente (lo que en medicina forense se denomina lugar del hecho) observó las huellas de un sabueso gigante. Varias personas con anterioridad a la tragedia habían visto un enorme monstruo luminoso y espectral. Luego de una horripilante noche en el páramo, en la que el joven barón -heredero de la fortuna familiar- está a punto de ser asesinado, yace delirante, con alta fiebre y al cuidado del Dr. Mortimer. La recuperación del enfermo concluye con un viaje alrededor del mundo acompañado del Dr. Mortimer, tras lo cual Sir Henry Baskerville vuelve a ser el hombre robusto y animoso que había sido antes de convertirse en dueño de aquella propiedad de mal agüero.

El último de los médicos participantes en las aventuras de Sherlock Holmes es Percy Trevelyan. Su aparición se produce en la novela The resident patient (1893). Después de un largo paseo por las calles londinenses, Sherlock Holmes y el Dr. Watson regresan una noche, aproximadamente a las 22 horas, a sus aposentos del 221B de Baker Street. Encuentran una berlina parada delante de la puerta. Un vistazo rápido permite a Holmes deducir que su propietario es un médico general, con poco tiempo de ejercicio en la profesión aunque muy atareado. En el interior de la casa se encuentra un hombre pálido, cuya cara muestra una nariz afilada acompañada de patillas de color arenoso. Si bien aparenta alrededor de 34 años, exhibe un semblante demacrado que denuncia tratarse de un individuo agobiado por la vida. Su manera de conducirse acredita que es tímido con una dosis de nerviosismo inocultable. Al presentarse indica que es el Dr. Percy Trevelyan, con domicilio en el N° 403 de Brook Street; se trata de un distrito elegante, cuyos habitantes tienen un muy buen pasar, siendo además lugar preferido por los especialistas médicos para instalar sus consultorios. El Dr. Trevelyan egresó como médico de la Universidad de Londres, y su paso como estudiante aventajado le auguraba un futuro promisorio. Luego de graduarse, desarrolló su actividad en el King's College Hospital, donde realizó estudios de la patología de la catalepsia. Un día, estando en su consultorio, Trevelyan recibe la visita de un hombre llamado Blessington, quien le formula una proposición por demás extraña: instalará al médico en una elegante casona ubicada en Brook Street, corriendo con todos los gastos, con inclusión de la suma necesaria para las necesidades personales de Trevelyan; en compensación el Dr. Trevelyan entregará las tres cuartas partes de lo que gane. Blessington tomará habitaciones para sí mismo en la casa, pues su corazón muestra debilidad y necesita atención médica. Concretado el convenio, prontamente el Dr. Trevelyan se convierte en un reconocido especialista, en tanto Blessington se beneficia con un ingreso dinerario libre de gastos. Con el tiempo, Trevelyan recibe la visita de un noble ruso que sufre de catalepsia, quien es acompañado de su hijo, de formidable apostura. Durante la revisión, el enfermo súbitamente queda rígido. El médico como es de práctica toma el pulso, la temperatura y examina la rigidez muscular además de los reflejos. Al no detectar signos que indiquen una situación peligrosa, el Dr. Trevelyan decide administrar al paciente nitrato de amilo (usado como vasodilatador y estimulante cardíaco) que ya aplicó en casos similares con buenos resultados. Al buscar el medicamento en el laboratorio y regresar al consultorio encuentra que el noble ruso y su hijo han desaparecido. A todo esto, el Sr. Blessington —que ha demostrado signos de nerviosismo y mucho desasosiego-, descubre huellas de pisadas de gran tamaño en la alfombra de su habitación. Asustado por el hallazgo solicita a Trevelyan que contrate los servicios de Sherlock Holmes, aunque desafortunadamente al día siguiente se le encuentra ahorcado en sus aposentos. Holmes en este caso trabaja amistosamente con el inspector Lanner de Scotland Yard y luego de sus investigaciones descubre que Blessington era miembro de una banda que había asaltado un banco años atrás. Blessington delató a sus cómplices y se quedó con el dinero; los denunciados fueron algunos ahorcados y otros sufrieron largas sentencias. Al recuperar la libertad los sobrevivientes decidieron matar al traidor Blessington. Respecto del Dr. Trevelyan, continuó con su actividad médica, obteniendo un mayor prestigio. Los detalles del “misterio de Brook Street”, como fue llamado también, fueron divulgados por el Dr. Watson al publicar sus notas en el año 56 del reinado de su graciosa majestad la reina Victoria.

por Dr. Osvaldo Félix Sanchez, Revista Médica de Rosario 82:89-91,2015

¿Quiere colaborar con la Fundación?

0341 449 8353
MÁS INFORMACIÓN