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Carta a un profesional que emigra

La ciencia es conocimiento universal y por ello sus cultores se han caracterizado por la necesidad, a veces, que los lleva a perfeccionarse más allá de las fronteras

por Académico Bernardo A. Houssay

La ciencia es conocimiento universal y por ello, sus cultores se han caracterizado siempre por una movilidad particular, que los lleva a perfeccionar sus habilidades más allá de las fronteras de sus propios países. Desde siempre nuestros médicos siguieron esa tradición realizando cursos formales, o prolongadas estadías en Europa y los Estados Unidos. Ejemplos notables fueron Luis Güemes, Mariano R. Castex, Pedro Chutro, Salvador Mazza, Telémaco Susini, Manuel Balado, Pedro Rojas, Luis F. Leloir, José Valls, entre muchos otros. Todos ellos regresaron al país, donde crearon escuelas que contribuyeron al adelanto y prestigio de nuestra ciencia médica. Los retornos no fueron siempre fáciles y algunos debieron desarrollar actividades en diferentes Instituciones para mantener un razonable nivel de vida. Lo mismo ocurrió con científicos como Alfredo Sordelli, Venancio Deulofeu y Agustín Marenzi.

Con la creación de las becas para estudios en el extranjero, primero por la Universidad de Buenos Aires y después por la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia, durante los años treinta, muchos universitarios pudieron completar con provecho su formación en el exterior. El otorgamiento de esas becas implicó siempre el compromiso de regresar al país y desarrollar en él una labor acorde con un legítimo afán de perfeccionamiento social. Sin embargo, a partir de la década del cuarenta, las perspectivas académicas y económicas comenzaron a sufrir los embates del devenir político, lo que constituyó un factor de incertidumbre para muchos médicos y científicos que debían retornar a nuestras instituciones académicas

Ello indujo a algunos a no regresar y establecerse en el extranjero, especialmente en los Estados Unidos y los países europeos. De esa manera, se creó una corriente emigratoria, que continuó a través de los años y que determinó la salida del país de millares de profesionales, con la consiguiente pérdida de valores intelectuales, económicos y afectivos. Basta decir que la asociación que agrupa a los médicos argentinos en los Estados Unidos cuenta actualmente con más de cinco mil miembros.

La emigración intelectual fue juzgada severamente por Bernardo A. Houssay, en los términos que expresa la carta que motiva esta nota, que se transcribe:

Estimado doctor:

El hecho de que Ud. abandone su país para volverá los Estados Unidos significa una pérdida grande para nosotros y una ganancia simple para los Estados Unidos, pues ese país dispone de muchos hombres bien adiestrados. Usted ha sido formado con solicitud paterna por Lewis y Hug, quienes experimentarán ahora con certeza un choque semejante al que se sufre cuando un hijo va a la guerra o está enfermo de gravedad. A la salud de Lewis esto no le hará seguramente ningún bien

Usted habrá oído hablar de la lucha terrible que debió llevarse a cabo para desarrollar la ciencia en la Argentina. Antes todo era muchísimo más difícil que ahora, y sin embargo, luchando se consiguió lo que existe y que se hace de nuestro porvenir.

Para nuestra asociación su ida es un contraste, pues nosotros no enviamos a los becarios para su simple progreso personal, sino para que a su vuelta propulsen en nuestro país el adelanto científico en el campo de la investigación y la docencia y para que formen escuelas o núcleos de trabajo. En este terreno es bien visible que Ud. no ha podido aún cumplir con lo que esperaba la Asociación y la Facultad, la cual ha hecho para usted algo excepcional aunque justo, o sea concederle un sueldo durante su licencia en el extranjero.

Es indudable que nuestras Facultades están obligadas a organizar la investigación científica y a mantenerla, y es cierto que aún no comprenden debidamente su deber en el mundo moderno. Pero ya hay en ellas profesores full time y es principio se ha resuelto establecerlo para los asistentes y se comienza a llevarlo a cabo.

Estaba yo dispuesto a empeñarme para tratar de encontrar una solución a su caso, pero me sorprendió saber que usted lo había ya resuelto, ya que gestionó en enero que lo aceptaran en Stanford. En esta forma inesperada se plantea un hecho consumado difícil de modificar.

El único argumento que no puede discutírsele a usted es que tiene derecho a mejorar su situación económica. Comprendo sus dudas como jefe de familia, pues tuve el mismo caso. Cuando me casé ganaba 980 pesos y debía mis muebles; con ese sueldo sostuve a mi casa, mi esposa, mi madre, 3 hermanas y 1 sobrina; éramos 7. Mi esposa decidió que debíamos mantener además la suscripción a las principales revistas de Fisiología y me estimuló a que en ningún caso abandonara la carrera exclusiva de la investigación, y a que no dejara de luchar por el adelanto de mi país.

La ciencia no tiene patria, pero el hombre de ciencia la tiene. Por mi parte no acepté posiciones de profesor en los Estados Unidos y no pienso dejar a mi país, porque aspiro a luchar para contribuir a que llegue alguna vez a ser una potencia científica de primera clase.

Cuando usted pensó en quedar más de un año y medio en San Francisco, no tuve ninguna simpatía por su proyecto, pues preveía lo que hoy sucede o algo semejante. La experiencia me muestra que los becarios suelen desaclimatarse, y a veces gravemente, si quedan mucho en el extranjero y aun algunos de ellos adoptan la nacionalidad estadounidense. Sé que los becarios sienten deseos de quedarse por más tiempo en los Estados Unidos, porque encuentran un ambiente científico más adelantado, consejos, recursos bibliográficos, instrumental y animales, que no se hallan fácilmente en Sudamérica. Por otra parte, actualmente a los profesores norteamericanos les agrada conservara los colaboradores eficaces.

Creo como Lambert, que a pesar de todo, los becarios deben volver y luchar, pues su deber es modificar el ambiente de su país y que su misión es la de ser útiles a su propia patria. Si quedan más tiempo afuera les será cada vez más difícil reaclimatarse, volverán hipercríticos contra los defectos de su país, demasiado intolerantes con sus compatriotas, y, lo que es más grave, a veces criticarán mucho y harán poco.

Hay que tomar la realidad nuestra como es, luchar y modificarla, dando el ejemplo de trabaje acertado y eficaz. Se conoce el valor de los becarios por lo que hacen y no por lo que dicen; o sea por sus trabajos originales, la calidad de sus alumnos y la eficacia de su enseñanza.

No creo que su Facultad haya tenido una desconsideración intencionada para con usted, sino más bien una imprevisible grave y criticable, pero que quizá se pudo remediar. En cambio ahora algunos de sus dirigentes considerarán que su idea es un gesto despreciativo y por eso quedarán resentidos, aunque no tengan razón

La circunstancia de que usted haya tramitado su vuelta a Stanford desde enero demuestra claramente que usted no se reaclimató y no halló aquí la posición deseada, económica y espiritualmente.

No es seguro que después de la presente recepción inicial benévola, los latinoamericanos lleguen muy alto en las cátedras de los Estados Unidos, sobre todo al concluir la guerra. Ejemplos: Rosenblueth y varios otros.

Ojalá que usted vuelva y halle las posibilidades que merece, siempre que su espíritu conserve el fervor por la ciencia y por su país, el optimismo y el entusiasmo necesarios, pues sin ellos se va a la burocracia técnica corriente en nuestras facultades.

No hay derecho a explotar el sacrificio de los hombres de ciencia ni a pedirles un heroísmo extrahumano, no a que sacrifique a su hogar y a sus futuros hijos. Nadie puede criticar ni aun discutir su derecho de variar de rumbo. Pero al perderlo a usted, aunque sea transitoriamente, es un terrible dolor para sus padres espirituales y los que luchan por llevar a la ciencia en nuestro país a un nivel decoroso y necesario para esclarecer las mentes, dar bienestar a los habitantes y vigorizar a la potencia nacional.

Le deseo el mayor éxito en su carrera. Ojalá que usted haya acertado y que pueda volver pronto, hallar las satisfacciones personales a que aspira y a la vez servir a su patria.

Mis respetos a su señora y reciba un amistoso saludo de B. A. Houssay.

Esta carta fue escrita en abril de 1943, cuando Houssay era Presidente de la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia. Está dirigida a un becario externo de la Asociación que, al regresar, no encontró una posición satisfactoria y, entonces, decidió volver a los Estados Unidos. La carta revela dos aspectos singulares de la personalidad de Houssey. Los primeros párrafos muestran disgusto y enérgica censura a una conducta que habría defraudado las esperanzas puestas en el becario por sus maestros y por la Asociación que otorgó la beca. Los últimos párrafos constituyen, sin embargo, una admisión sincera de las dificultades existentes en el país para realizar una carrera científica exitosa. Al mismo tiempo, expresa comprensión y respeto por los intereses y las aspiraciones de becario. Houssay reconoce que no es lícito exigir sacrificios extremos a quienes, por sus aptitudes y capacidades eligen otros ambientes, con mayores posibilidades de trabajo y reconocimiento a sus méritos.

Lo paradojal de la situación comentada es que, meses después de escribir la carta aludida, en Octubre de 1943, Houssay fue declarado cesante como profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, por ejercer derechos cívicos, garantidos por la Constitución Nacional. Acontecimiento tan traumático debería haber conmovido los sentimiento de Houssay ciudadano. Sin embargo, los conceptos con que rehúsa las ventajosas propuestas que recibió entonces del exterior para ocupar cátedras y disponer de recursos para sus investigaciones ponen de manifiesto su profunda y noble vocación de patriota. Su respuesta fue siempre igual: “deseo trabajar en el país, pues he dedicado mi vida a servirlo y a luchar por su adelanto científico. Sólo en el caso de no tener donde trabajar, lo que espero no suceda, o que se me molestara personalmente, lo que parece absurdo, me vería obligado a aceptar las propuestas ventajosas recibidas del extranjero”.

Cincuenta años después de lo ocurrido con el becario de la Asociación Argentina para el Progreso de la Ciencia, parecen oportunas algunas reflexiones. La primera es que en Abril de 1943, Houssay juzgaba con ingenuo optimismo el futuro de la ciencia en la República Argentina, pues él mismo estaba en vísperas de acontecimientos en los que sería primer damnificado. La segunda reflexión, válida para lo ocurrido en los años posteriores, es que la incertidumbre que se manifiesta en la década del cuarenta, continuó y se exacerbó en los años posteriores, salvo breves y excepcionales períodos. En Marzo de 1946, el mismo Houssay tenía conciencia de lo que podía esperar. En una correspondencia con el Dr. Juan Lewis, su discípulo y confidente le dice: “Tendremos días difíciles, pero los hombres de ciencia estamos acostumbrados a vivir en dificultades incesantes. Seguiremos cumpliendo dignamente con nuestro deber”.

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