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Actividades » Culturales

Grandes ciudades de Europa, Praga, República Checa

Roberto I. Tozzini recorriendo la ciudad de Praga, nos transmite su experiencia

En cuatro oportunidades, separadas por un largo tiempo, tuvimos el privilegio de recorrer las calles, monumentos, palacios Iglesias o simples edificios que se han levantado sobre ambas orillas del río Moldava, cruzado por múltiples puentes y que han persistido intocadas los últimos 10 siglos ya que las dos grandes guerras europeas, del 14 y del 40, más las dominaciones nazis y comunistas por casi milagro, no afectaron la estructura de esta mágica ciudad. Nuestras visitas ocurrieron en el 95, 2007, 2014 y 2017, es decir, que se iniciaron luego de la caída del muro de Berlín y la apertura de esa magnífica región de la Europa central, al turismo libre, sin aduanas ni restricciones.

En nuestra primera visita, veníamos desde Múnich, por las amplias y cuidadas autopistas alemanas, para ingresar en Checoslovaquia (aún no se habían separado), notando un cambio brusco de panorama pues de las verdes y cuidadas campiñas, bonitas propiedades y tractores y automóviles relucientes, se pasó a un medio más pobre, con casonas de paredes descascaradas y sin pintura, ventanas con sus vidrieras rotas, techos ya sin tejas y autos antiguos. Las estaciones de Servicio mostraban un aspecto precario y la autopista se transformó en una carretera de dos manos, aunque en la actualidad, sigue la autopista. Pasamos por Pilsen, importante ciudad de gran desarrollo industrial, que fabrica los autos Skoda y la buena cerveza Pilsen y al atardecer observamos el inconfundible perfil de Praga, sus iglesias y Castillo.

En esa primera visita nos alojábamos en un hotel de varios pisos sobre la plaza Wenceslao, en la ciudad nueva (nove mesto). Esta “plaza” es verdad un importante boulevard con unos 60 metros de ancho y unas 7 cuadras de longitud. Allí se levanta la estatua de San Wenceslao, bajo cuya sombra, el pueblo checo supo reunirse en situaciones difíciles como lo fue durante el aplastamiento por las fuerzas rusas del intento de liberalización conocido como la “primavera de Praga”. A pocos pasos de la estatua descubrimos otro monumento menor cubierto de ofrendas y flores que recordaba precisamente al estudiante Jan Palach, que se inmoló por el fuego como protesta final por la brutal represalia con los tanques soviéticos.
Al comienzo de esta plaza o boulevard y cerrándola completamente, se levanta un pesado edificio que hoy alberga el Museo Nacional y que fue construido a finales del siglo XIX con la idea de constituir un gran centro cultural de la Nación. El resto de esta amplia vía se llena hoy con hoteles, oficinas, negocios, restaurantes, ubicados en bonitos edificios de 6 o 7 plantas sin uniformidad de estilos. Hay fachadas de art nouveau, como el viejo hotel Europa y edificios de cristal como el nuevo parlamento de la ciudad.

Con entusiasmo muy particular caminamos en dirección a la ciudad vieja (stare mesto), pasando por tiendas de lujo, grandes almacenes y librerías. Unos pasos más y entramos en un área peatonal que tras un recodo, nos introducía en un ambiente mágico y medieval. Allí estaba el ayuntamiento viejo, con su increíble reloj astronómico que es una pieza única fabricada en 1410 por el artista checo Manes y que aún sigue funcionando a la perfección. Este verdadero artefacto consta del reloj en sí, que es un enorme círculo dorado con números romanos para indicar las horas, mostrando también los movimientos del sol y la luna a través del zodíaco. Por debajo, un disco bruñido en oro, muestra 12 escenas de campo que se corresponde con los 12 meses del año y que van rotando y por encima aparece la imagen de la muerte, representada en un esqueleto humano da vueltas un reloj de arena con fúnebre sonido, al tiempo que un gallo agita sus alas y cacarea. Al dar las horas, todo se pone en movimiento y por una ventanita los doce apóstoles se asoman dando al conjunto una gracia y frescura increíble.

Como puede imaginarse los transeúntes de arremolinan frente al enorme reloj todas las horas para apreciar tal espectáculo. Pasando la torre del viejo ayuntamiento, apreciamos una plaza muy amplia que anonada a cualquier visitante por su grandiosidad y belleza. Es la plaza de la ciudad vieja, en cuyo centro se levanta un conjunto escultural presidido por la figura de un monje; se trata de Jean Huss, el gran sacerdote católico reformista que reaccionó como tantos otros contra el lujo excesivo e inmoralidad de la clase dirigente, proponiendo en su predicación, un regreso a las fuentes, es decir a las raíces austeras y populares de Cristo sobre la base del amor y el perdón. Pronto surgieron poderosos intereses que lo combatieron, juzgándolo por herejía y condenándolo a muerte en la hoguera, que tuvo lugar en Constanza el 6 de julio de 1415. Quinientos años después el pueblo de Praga lo conmemoró en este monumento.

Esta enorme plaza, de suelo empedrado, cruzado por miles de turistas, carros tirados por caballos y viejos automóviles, muestra un entorno alucinante. Enfrente del Ayuntamiento, se levanta la iglesia ícono de Praga o Iglesia de Teyn, de origen husita, que tiende al cielo sus 2 torres obscuras como las alas de un enorme murciélago. Su colosal presencia, causa al observador un impacto imborrable. Reiteradas veces me he detenido a admirarla y siempre me ha impresionado vivamente.

Otra curiosidad propia del ambiente onírico que campea en Praga, surge del hecho que una importante casa de estilo veneciano se antepone a la iglesia y debemos atravesarla, en un patio cubierto para ingresar en ella. El interior de la iglesia es austero, como corresponde a la catedral de los husitas. Se destaca un bella virgen María, hacia el ala lateral izquierda y una pila bautismal, que es la más antigua de Praga. Además de esta iglesia, la plaza está rodeada por construcciones extraordinarias. Mirando a Teyn y hacia la esquina izquierda se destaca la colorida fachada del palacio Kinsky, con su tono rosado y un estilo entre barroco y rococó. Actualmente pueden observarse grabados y otras exposiciones de la Galería Nacional. A su derecha vemos una mansión de puro estilo gótico, conocida como “la campana” y después una armoniosa construcción del neoclásico temprano, llamada el Unicornio blanco.

Pero aquí no se agotan las joyas de la plaza vieja; enfrente de estos monumentos, del otro lado de la plaza y en opuesto extremo al Ayuntamiento, maravilla una segunda Iglesia barroca con su exterior preciosista y un interior luminoso, que corona una extraordinaria araña de cristal de bohemia: es la Iglesia de San Nicolás y a su costado se encuentra la casa natal de Franz Kafka. 

El resto de grandes edificios que cierran la plaza, son igualmente fascinantes. Las fachadas, con excelente conservación, ostentan rostros y escudos, emblemas de bronce o figuras indicativas del oficio o la actividad desarrollada por los dueños primitivos, Si continuamos ahora, más allá de la casa El Minuto, por las serpenteantes calles que rodean a ese centro, llegamos a un pequeño espacio donde podemos reconocer una hermosa fuente con enrejado, se trata de “la plaza pequeña” que mantiene el ambiente de las antiguas tiendas. Todas con motivos conmemorativos en sus fachadas. En esos recovecos damos con un edificio renacentista, la casa de los “dos osos dorados” y el barroco palacio de Hrzán o el “Ciervo Dorado”, edificada en piedra. Muy cerca se levanta “la madre negra de Dios”, de estilo cubista, completando un crisol de estilos que ayudan a crear una atmosfera irreal y subyugante de la ciudad vieja. Si avanzamos por pasadizos angostos y atravesamos arcos dorados o sombríos, podemos regresar sin proponernos a la gran plaza vieja ya que toda esta telaraña de pasadizos terminan allí, quizás luego de descubrir otra iglesia cuyo frente exhibe tallas muy bonitas en un marco austero, es la de San Miguel, donde predicaba Hus.

De la gran plaza y a un costado de San Nicolás, nace la calle más elegante de staré Mésto , la avenida Pariz, plena de boutiques y grandes vidrieras con las más famosas marcas de la moda, pero sobretodo, con una sucesión de palacios y edificios con relieves magníficos que maravillan.
img11]img12]Se avanza muy lento, pues uno camina fotografiando. Unas cuadras de Pariz e ingresamos al barrio judío o Josefof, llamado así en honor al Emperador José II que los rehabilitó, concediéndoles iguales derechos con todos los ciudadanos de Praga. Esta es una zona preñada de historia, muchas veces trágica que comienza en el siglo X con el establecimiento de familias judías, que constituyen un foco cultural y de poder económico; luego se dictan leyes de segregación religiosa que los mantuvo aislados por dos siglos en un gueto y finalmente José II como dije, restituye sus derechos. Así continuaron hasta la llegada del nazismo alemán y su “solución judía” de exterminio.

Actualmente puede visitarse el Ayuntamiento Judío, seis Sinagogas y el cementerio. Además el área es rica en negocios, bares y lugares de esparcimiento. Su visita es irrenunciable.

El Ayuntamiento es un elegante edificio renacentista que data del 1500, coronada por una esbelta torre con un gran reloj.

De las Sinagogas, la Antigua, fue la primera en Europa, de estilo gótico y un interior profusamente decorado con motivos bíblicos. Las otras son: la Alta, pegada al Ayuntamiento, la Maisel, construida en 1590, La Española, mucho más reciente (1868) con una cúpula hermosa, que se levantó sobre un viejo oratorio judío, la de las Celdas, hermoso edificio renacentista que inicialmente perteneció a la familia Horowitz, en el siglo XVI y que a partir de 1958 se convirtió en el monumento conmemorativo de los 77.297 judíos de Bohemia y Moravia, víctimas del holocausto. Las paredes ocupadas con infinitas listas de nombres y los relatos de los cuidadores, no horrorizaron con una pena sin retorno por el salvajismo exhibido por una dirigencia enajenada pero, lamentablemente apoyada por una gran masa de población de supuesta cultura. También queda por visitar la sexta Sinagoga, la Klausen que linda con el cementerio Judío.

Y finalmente está “ese” cementerio, el más renombrado en historias y leyendas de la ciudad: el gran Cementerio Judío. El de Praga es el más antiguo y el más conocido de toda Europa. Fue creado en el siglo XV y fue creciendo por sucesivos entierros en un área relativamente pequeña. A la fecha se contabilizan unas 12000 lápidas, con tumbas a veces superpuestas. Esas lápidas contienen, además de nombres y fechas, referencias familiares y textos o poemas que expresan el sentir por el fallecido. Al parecer, la tumba más antigua es la del poeta Karo, en 1439 y entre otras antiguas está la del famoso rabino Rabi Low (1609) asociado con la leyenda del Golem.

Hace ya mucho tiempo que el cementerio cerró como tal y se conserva como un monumento de la historia. A la salida se visita “la casa de las Ceremonias”, otra durísima experiencia para espíritus sensibles ya que allí se exhiben los dibujos de los niños que habitaron el campo de concentración de Theresientadt, antes de ser exterminados por los Nazis. (¿Es posible tanto odio en el alma?)-

Antes de salir de “staré mesto” algunas de referencias de valor para el caminante. Si regresamos a la plaza vieja y ahora salimos por la calle “celetná ul”, terminaremos en otra torre con el techo negro pizarra característico de todos estos edificios en Praga, que formaba parte de una antigua muralla que se conoce como “la torre de la Pólvora”.

Actualmente contiene un restaurante, oficinas y un mirador en su terraza, mientras que en su origen, constituía una de las trece puertas de acceso a la ciudad. Muy cerca puede apreciarse otra bella construcción pero de muy diferente estilo; es una espléndida mansión que se la conoce como “la casa del Pueblo” y que alberga un teatro y fue edificada a principios del siglo XX en un florido art nouveau. Allí se proclamó la República Checa en 1918.

Regresamos en nuestros pasos y vamos en dirección al río, profundamente integrado con el sentir de los ciudadanos y la propia ciudad. El Moldava une sus orillas con una sucesión de puentes y es el tema recurrente de sus poetas, pintores y turistas Numerosos bares y cafés se abren en sus barrancas y las embarcaciones que hacen al comercio y turismo de la ciudad, surcan sus aguas tranquilas en forma permanente. En los duros inviernos, el curso de agua se congela y una gran pista de patinaje queda a disposición de los jóvenes más arriesgados. En todo momento, el río está presente en el alma popular. De los distintos puentes, ninguno supera en prestigio al puente Carlos, que merece un comentario más detallado.

Llegado a la plaza de los Cruzados, tendremos a nuestras espaldas un conjunto de Iglesias y Conventos con fachada barroca, la iglesia de San Salvador y el Colegio Jesuita Clementinun. Sobre la ribera, se ve otra iglesia, llamada De los Cruzados que en su momento perteneció a la Orden de los caballeros Cruzados, única en Bohemia en tiempo de las Cruzadas. Además la plaza muestra un monumento a Carlos IV y la Torre del Puente de la ciudad Vieja que lleva al puente Carlos. Por último las casas construidas sobre la ribera fueron en su origen molinos de Agua y hoy día se han reconvertido, con vistosos murales en sus paredes,

El callejón que se extiende entre el puente Carlos y la ciudad vieja, muestra algunas casas con historia. En el N°4 vivió cierto tiempo el astrónomo Keppler y en el N° 18, La serpiente Dorada, comenzó a operar el primer café de Praga en 1714.

Recorramos el Puente Carlos: está dedicado al gran rey planificador y constructor de la ciudad, Carlos IV. El puente, construido por orden de este rey, y que ahora es sólo peatonal, resistió por 6 siglos el paso de todo tipo de carruajes y el embate de las aguas, antes turbulentas. Sus dos costados o barandas están ornamentados por una increíble sucesión de estatuas barrocas, realizadas en el siglo XVII por Johann Brokoff, sus hijos y Matías Braun, dando al conjunto un sentido de unidad artística y encanto insuperable Entre las figuras más representativas puede mencionarse la de San Nepomuceno, la de Jesús crucificado, la del caballero Brunevik y el conjunto de Santa Lugarda. En la actualidad, algunas de las estatuas han sido reemplazadas por copias.

Saliendo del puente, siempre abarrotado de turistas, que dificultan la marcha, nos encontramos con las torres de la Mala Strana, unidas por un arco que muestra los escudos de la ciudad. Es que por mucho tiempo, ésta fue la gran ciudad de reyes, príncipes y la alta burguesía. Es recomendable ingresar a Mala Strana por la calle Neruda, que tiene este nombre en honor al poeta checo que vivió en la casa ”los dos soles” en el n° 47, a mediados del siglo XIX y que se conserva intacta. La calle se estrecha y serpentea en subida en un ambiente de singular atractivo arquitectónico. Es que esta villa situada al pié del castillo, agrupa grandes mansiones y parques espaciosos, a cuya sombra crecieron los integrantes de un casería de menor rango pero igualmente con una esmerada y a veces deliciosa terminación. Esta ciudad floreció en el 1600, después de la batalla de la Montaña Blanca, cuando familias importantes de la católica casa de los Habsburgo, se establecieron como una corte regia en los alrededores del Castillo. Siglos más tarde, el éxodo real los trasladó a Viena, pero si bien los integrantes encumbrados partieron, las casonas y palacios se conservaron intactas, constituyendo hoy un legado inapreciable. Creo poder afirmar, que toda esta área es una extraordinaria obra de arte que compendia las mejores expresiones del estilo barroco en el centro europeo.

Poco después del puente, se ingresa en una espaciosa plaza con edificaciones extraordinarias. Hacia la derecha se destaca la mole enorme de la Iglesia de San Nicolás, enfrentada con un viejo colegio Jesuita. Su silueta monumental, se destaca por sobre las bajas colinas donde asientas las otras construcciones de Mala Strana. La iglesia en sí, es una bella expresión de este tipo de barroco; su interior es impresionante, con una gran cúpula central que se eleva 75 metros del suelo pareciendo suspendida en el aire. El techo contiene un monumental fresco de Kraker con escenas de la vida de San Nicolás. El coro y las estatuas que adornan el interior, vales una observación detenida.

Saliendo ahora de la Iglesia, hacia la derecha se divisa la fachada neoclásica del palacio de von Liechtenstein, llamado “el sangriento” por la brutal represión de una revolución popular en 1618. Y hacia la izquierda, caminamos unas pocas cuadras por la calle Karmellitska hasta otra iglesia famosa, “Santa María de las Victorias” que conserva en su altar al “del niño Jesús de Praga”, figura española de Jesús niño con 39 ropajes que se cambian según las épocas, es venerada por una nutrida parte de la comunidad católica.

Si ahora retrocedemos hacia el río, surge otro Palacio impresionante, el de Waldstein, construido en estilo barroco en 1630. Su dueño fue un general victorioso de la casa de los Habsburgo y que en su ambición quiso rivalizar con el castillo de Praga y, sustituir a la corona hizo edificar ese enorme palacio y bellos jardines, lagos y fuentes rodeadas con valiosas estatuas, que luego de una guerra fueron llevadas a Estocolmo, además de conspirar, por lo que fue condenado y su propiedad paso a la ciudad, que hoy disfruta de su magnífico parque sobre la rivera del moldava.

A medida que avanzamos por las suaves colinas que rodean al castillo, siempre en la calle Neruda, se suceden casas primorosas que exhiben en sus fachadas emblemas identificatorios de sus dueños, oficios y posición social. Así encontramos una propiedad denominada “los tres violines” con estos instrumentos dibujados en el frente, donde vivieron familias de fabricantes de tales piezas musicales, otra exhibe la cabeza de un anciano de blanca barba sosteniendo un pez (casa de un pescador) y también vemos nombres atractivos como “el cisne de oro” o “el ciervo dorado” o “los dos soles”.

En pleno siglo XVIII cuando aún no se disponía de numeración para estas propiedades, los emblemas y figuras diversas, servían para identificarlas.

A medida que nos acercamos al extraordinario conjunto que domina el Castillo, por un camino en ascenso, el ambiente se torna más tranquilo, el aire más fresco y las casonas, más grandes. Estamos en la zona donde ahora predominan las embajadas y edificios públicos ocupando antiguos palacios mantenidos con todo esmero. Nada parece decadente ni se aprecia algún deterioro; los techos rojos a dos aguas brillan con el fulgor de lo reciente, los frentes muestran una pintura esmerada, las rejas de hierro trabajado son estupendas y los jardines que se vislumbran tras ellas están minuciosamente cuidados. Es como si el viejo barrio residencial de la alta burguesía de la Mala Strana con sus cuatro siglos a cuestas, se hubiese inaugurado ayer y hoy estuviésemos disfrutando el magno estreno.

Finalmente, recortando su perfil airoso sobre el claro cielo, está el Castillo. Al él puede accederse desde atrás, por el camino de los poetas y el Belvedere como lo hicimos en nuestra primera visita, o por su ingreso principal, a partir de una regia plaza, cercada por grandes edificios que hoy son museos. Por allí entramos en visitas posteriores.

Este Castillo es una verdadera ciudadela, pues dentro de sus murallas alberga la residencia y salones reales, la Catedral San Vito y la iglesia San Jorge, un museo de armaduras y en un callejón recostado sobre la ancha muralla, casitas, oficinas y bares, así como diversos recintos de la antigua realeza. Finalmente, el Belvedere y la salida al exterior. Según la historia, el Castillo es el símbolo y el germen de la nación Checa. Nació con ella, hace más de 1000 años; el príncipe Borijov, construyó aquí un fuerte de madera y la primera iglesia cristiana. En el 973 se creó el obispado de Praga y el Castillo fue su sede. En el año 1000, tomaron impulso las grandes construcciones y en el siglo XVIII la emperatriz María Teresa ordenó los cambios en el estilo y estructura que llevó a mostrar el conjunto su aspecto neoclásico, que hoy conocemos. A diferencia de otros grandes palacios europeos, el de Praga se ha mantenido vivo, es decir, creciendo con la ciudad y evolucionando con las épocas según cambios religiosos o políticos. Siempre fue apreciado por la población, por lo que sus salones y edificios nunca sufrieron la furia revolucionaria. Después de albergar a reyes, emperadores, líderes comunistas y ocupantes alemanes, hoy es la magnífica sede del gobierno Checo y cuando estuvimos, el presidente Václav Havel tenía allí sus oficinas.

La entrada principal nace en la plaza Hradcany que en uno de sus costados muestra el palacio Arzobispal de fachada rococó y enfrente el palacio renacentista de Schwarzenberg que hoy alberga el museo de Historia Militar. Sobre la plaza, se levantan también el palacio Toscana y cerca, en una callejuela lateral el Sternberg o Galería Nacional que alberga una importante colección de arte. Hacia el sur, está la rampa que da entrada al Castillo de Hradcany, luego de lo cual se accede al primer patio que precisamente se construyó por orden de María Teresa en lo que inicialmente era el gran foso del castillo y sólo se conserva un arco integrado al conjunto que se denomina la Puerta de Matías. A su derecha arranca una escalera que es la entrada oficial a las salas públicas de la presidencia y no abiertas al turismo.

En el segundo patio puede visitarse la Capilla de la santa Cruz que guarda el tesoro cardenalicio. Contiene piezas de gran valor histórico y artístico que comienzan con el príncipe Wenceslao y culmina con el emperador Carlos V. También se observa un conglomerado de construcciones dispuestas con gracia y simetría, pasándose luego al tercer patio donde se destaca la imponente presencia de la Catedral de San Vito, la iglesia barroca más importante de Praga. Aquí están enterrados los reyes y emperadores que gobernaron el reino y se guarda el tesoro real. La obra comenzó bajo el reinado de Carlos IV, el gran constructor y siguió evolucionando hasta terminarse recién en el 1929, casi 600 años después de su comienzo. El frente de la Iglesia es una filigrana, con un rosetón en su parte media, de unos 10 metros de diámetro, con escenas de la creación del mundo; por debajo, luce una bella puerta de bronce donde se tallaron exquisitos bajorrelieves. En ambos lados surgen hacia el cielo, dos torres aguzadas, decoradas con las estatuas de distintos santos. El conjunto, difícil de apreciar por sus dimensiones, produce un impacto estético extraordinario. Y sus paredes laterales no son menos atractivas; la que da al este, hacia la fuente de San Jorge, muestra ventanas almendradas en paredes de mármol recubiertas por rejas bañadas en oro que refulgen con la luz del sol mañanero. Sobre ellas brilla la letra R que se corresponde con el rey Rodolfo II Escudos y mosaicos coloridos confieren al conjunto un equilibrio y encanto singular, rodeando a su torre principal, que se ubica sobre el crucero y que se eleva unos 100 metros hacia ese cielo azul que en mis visitas lucía inmaculado. La tentación de subirla fue insuperable y por dos veces transcurrí sus 293 escalones hasta el mirador superior, previo pago de la entrada, desde donde pude disfrutar de la vista insuperable de estos pulidos techos rojos de la Mala Strana, la silueta inconfundible de San Nicolás y más allá, la cinta plateada del moldava, sus puentes y la ciudad vieja con las agudas torres de sus incontables iglesias entre las que sobresale la extraordinaria Teyn.

El interior de San Vito, muestra sus tres bellos y enormes vitrauxs en la pared del este, que cobran un colorido especial con el sol de la mañana y nos asombra con sus diferentes dibujos de artistas checos que incluyen estilos desde lo clásico al “art nouveau” tan característico en Praga. Alrededor de la nave principal, se suceden distintas capillas, algunas de las cuales merecen especial mención por su importancia o elaboración artística. Sin duda la de San Wenceslao, patrono del país, es la atracción principal. Situada al costado del altar fue realizada por el gran arquitecto y escultor de la ciudad, Peter Parler y contiene la tumba del santo. La decoración de la capilla es riquísima con frescos incrustados con piedras semipreciosas y motivos en oro. Otra capilla imponente con su sepulcro, es la de San Juan Nepomuceno, obra de Johann von Erlach con figuras barrocas donde abunda la plata y el oro. Por sobre la capilla de San Wenceslao una puertita conduce a la cámara del tesoro real de Bohemia, cerrada con 7 llaves , cada una de ellas guardadas en una Institución oficial distinta (según la información proporcionada).

En el centro del coro, están las tumbas regias de la dinastía Premyslid. Finalmente, una escalera, nos conduce a la cripta real, donde se venera el sarcófago del rey Carlos IV, de sus hijos y sus 4 esposas. También aquí se visita la tumba del emperador Rodolfo II y las de Fernando I, su esposa Anna y su hijo Maximiliano (dinastía de Habsburgo). Un verdadero panteón de los ilustre del reino pasado.

Saliendo de la catedral, volvemos al tercer patio con la estatua ecuestre de San Jorge en su centro y a un costado un enorme salón, la Sala Capitular, de estructura gótica, en cuyo extremo se observa una bellísima capilla y oratorio, para la intimidad del rey con finos adornos de bronce. Hoy se la destina a exposiciones culturales-

Por detrás de la mole de la catedral y a muy pocos pasos, se levanta la basílica de San Jorge. Es la construcción religiosa más antigua del castillo actual. Su fachada barroca se mantiene intacta desde el siglo X con un pórtico estilo renacentista. Posteriormente se le agregaron las dos torres a los costados. En su interior, se aprecia la capilla de Ludmilla donde descansa la santa y en las paredes y techo, remanentes de su pintura románica. Activas excavaciones, van desenterrando y exhibiendo objetos y materiales de la construcción primitiva.

Saliendo de este patio por una calle en bajada, de empedrado ingresamos a la parte posterior de la ciudadela que contiene en el espesor de sus anchas murallas, un museo de armaduras, bares y negocios y el famoso “callejón del Orfebre” una de las atracciones del Castillo. Sobre esta angosta callejuela con empedrado grueso e irregular, casi formando parte de la muralla misma, se observan una sucesión de pequeñas viviendas con espartana presencia pero muy rica historia, Según la leyenda, en una de esas casitas trabajó el famoso alquimista Rabbi Low, contratado por Rodolfo II para obtener la piedra filosofal que trocara los metales en Oro. En otra minúscula habitación, que ostenta el n° 22, pasó unos años el inigualable Kafka escribiendo allí algunas de sus novelas memorables. Por las características del habitáculo, bien pudo escribir aquí su “Metamorfosis” donde el personaje queda reducido tras el sueño a un negro escarabajo. Y también “el Castillo” por la vecindad omnipresente de los salones reales. Recuerdo al paradigmático señor K, agrimensor contratado por el señor del Castillo, vivir esa realidad casi onírica en sus peripecias sin fin, para intentar el cumplimiento de sus tareas. En su prosa fantástica los personajes cambian o mutan según las circunstancias y como en los sueños, la sinrazón de nuestros temores se ven materializados. También nos muestra la aniquilación del individuo, en sus valores y derechos frente a la máquina implacable e insensible del Señor (el Estado) que sólo atiende a sus propios privilegios, como seguramente lo experimentó en sus tiempos. Así, nuestro obstinado señor K, busca el encuentro con su empleador, pero los caminos se desvían permanentemente sin llegar a destino. Hay algo inexorable en ese ordenamiento superior, por lo que toda tentativa fracasará sin remedio. Sí, allí en esa casucha del número 22, la febril imaginación de un genio, inmortalizaba el mundo misterioso de Praga con mucha más fuerza que toda la saga de las testas coronadas del Castillo.

Y ya nos vamos del Castillo, atravesando la Torre Negra, una serie de salones que exponen afiches y láminas con la historia de la Nación y salimos por la puerta este, cruzando una florida terraza, donde la vista se recrea con la visión de la ciudad y el lánguido río, con las casas primorosas que se escalonan por debajo de nosotros. Continuamos bajando por una extensa rampa que se recuesta sobre un murallón de 3 metros de altura cubierto por hojas de parra con artísticos faroles de hierro forjado que surgen de la mampostería y pasamos poco después por el palacio Belvedere, típicamente renacentista y mandado a edificar por el emperador Fernando I en el siglo XVI. Después, nos internamos en las callecitas de Mala Strana…

A la mañana siguiente, mediante el subterráneo, regresamos a Malá Strana para completar nuestro conocimiento de la zona, con las visitas al monasterio de Straqhov y la iglesia de Loreto, ambos a pocas cuadras de la plaza Hradcany, donde habíamos comenzado la visita al Castillo, el día anterior.

La iglesia está situada en una pequeña colina y su exterior no es especialmente atractivo o imponente, Se levanta enfrente de un gran edificio que ocupa el colegio de esta institución. Loreto se construyó sobre el modelo de la casa Laurentina de Italia, a partir de 1631 como memorial de los niños muertos en la gran epidemia de peste negra. Si cruzamos sus galerías y ambientes externos, llegamos a su patio interior, donde se aprecia una bella construcción de mármol y en estilo clásico, que reproduciría la casa de la sagrada familia en Nazaret (así lo informa la leyenda). Según se cuenta, durante la invasión de Tierra Santa por los ejércitos del Islam, en el siglo XIII, el prior de un monasterio franciscano, se llevó al huir aquello que consideró más valioso: la casa de piedra de la Sagrada Familia. Según tal historia, la casa fue desarmada meticulosamente y se reconstituyó años más tarde en Loreto, Italia. Esta réplica exhibe muros con delicados relieves y profusión de estatuas. El interior muestra la virgen de Loreto con el Niño en brazos y todo el ambiente tiene una ornamentación exagerada.

En el tesoro, se exhiben algunas piezas invalorables como una custodia de diamantes donada por Ludmilla de Kolowrat. Consta de 6222 diamantes de excelente calidad realizada en el siglo XVI y bajo la luz adecuada sus destellos parecen emular el sol. También se exponen en el tesoro otras magníficas joyas.

Saliendo ahora de Loreto y subiendo unas pocas cuadras más, llegamos a nuestro otro destino: el monasterio de Strahov, cuyas dos torres se divisan en seguida sobre el verde tapiz de la colina de Petrin. Este monasterio es uno de los más antiguos de Bohemia, y fue fundado en 1140. Luego de la disolución de las órdenes religiosas por la Checoslovaquia comunista, el edificio y su contenido se transformó en un Museo dedicado a la literatura por la riqueza incalculable de su biblioteca. En sus salones está atesorada una impresionante colección de libros, reunidos a lo largo de los siglos. La biblioteca principal es una sala majestuosa, que requiere de permiso especial para visitarla y entrar en contacto con los libros allí guardados. Nosotros sólo pudimos ver desde sus puertas, los interminables anaqueles y estantes armoniosamente ordenados con su inapreciable contenido. Dentro de los 900.000 volúmenes que guarda, hay obras incunables como el Evangelio de Strahov del siglo IX, un Nuevo Testamente del XV, publicaciones del gran reformador Jan Hus e infinidad de manuscritos. También pueden visitarse las salas Filosóficas y Teológicas de estilo barroco decoradas con frescos de vivos colores. Uno de esos bellos frescos, muestra a Moisés con las tablas de la Ley y otro con Pablo predicando a los paganos. El convento- museo contiene a la iglesia de San Roque, de estilo románico y muy rica decoración en su interior. Completamos el paseo caminando por los extensos y bien cuidados jardines del monasterio, que antes del comunismo recorrían los monjes con sus túnicas blancas.

Regresamos a pié hasta el puente Carlos, por la pintoresca calle Neruda, ahora en bajada, renovando el placer visual de los regios palacios, las cuidadas casas con sus emblemas, sus enormes iglesias y las aguas mansas de su histórico río. Allí, a un costado del puente, una escalera nos permite acceder al embarcadero y a los pocos minutos disfrutamos de la magnífica impronta de Praga vista desde el Moldava, en un barquito de excursión. Una belleza imponente, como en un lienzo impresionista, transcurre ante nuestros ojos que tratan de retener la ciudad que asoma a los lados del río. Pasamos bajo varios puentes y vemos la desembocadura de un afluente que baja de la Malá Strana produciendo una zona sin barrancas con casas sobre el agua, que denominan “la pequeña Venecia” También sobre la costa, pero en Sataré Mesto, asoman grandes hoteles, la Facultad de Derecho y el gran teatro de Conciertos en cuyo frente se yergue la estatua en bronce, tamaño natural, de uno de sus queridos músico Dvorak. Más allá de ambas orillas, los perfiles característicos de las torres aguzadas de tantas iglesias.

Durante la noche, hemos disfrutado de varios conciertos ya que las ofertas en música clásica, son interminables; también de una ópera (Carmen) de realización no muy cuidada y estuvimos cerca de asistir a los famosos títeres del teatro negro, pero lo dejamos para una futura ocasión.

En los 14 días que permanecimos sucesivamente en Praga, el tiempo apenas nos alcanzó para admirarla y recorrerla, como el museo al aire libre que es en sí misma, con su laberinto de calles, sus construcciones increíbles, su asociación de estilos y su irrepetible castillo. Nunca caminamos tanto una ciudad, encendidos por el entusiasmo de una población que expresa con tanta fuerza su originalidad creadora. Praga, antes que Viena fue una de las gemas de Europa. Avatares de la política, la religión y el comercio, terminaron postergándola, pero por uno de esos misterios del destino, las grandes guerras no la mancillaron. Quizás sus cábalas o alquimias le permitieron juventud eterna y así se conservó, plena de contradicciones: ciudad gótica con sobreactuación barroca, perfiles clásicos con un toque renacentista. Construcciones modernas, art nouveau y aún cubistas. Los mitos del Golem o de Fausto aún recorren sus calles pletóricas de Iglesias, muy bien conservadas casi sin creyentes, palacios mantenidos por un pueblo revolucionario e independiente, riqueza edilicia sin cuento en una nación empobrecida y su Castillo, sobretodo su Castillo como emblema de identidad, sobre la roca, en la colina, desafiando a los siglos y a los sistemas políticos, hoy más bandera que edificio, más arte que curiosidad, más historia que conquistas.

Y así abandonamos la patria de Kafka, de la historia del Estado abrumador, de la independencia terca del pensamiento humano. Nos alejamos con la sorpresa y la emoción de haber hecho un hallazgo. Un encuentro imborrable que no podrá vencer el tiempo. Como nuestro hombre del “Proceso” sobrevivirá a la ejecución final porque entrará a formar parte de nosotros mismos. ¡Ciudad extraordinaria, siempre estarás presente!

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